sábado, 15 de octubre de 2016

UNA HOGUERA BAJO EL AGUA, DE VÍCTOR GUILLÉN



El espectro de un trombonista de jazz recorriendo la casa en que vivió; lugares reconocibles y transitables de Lima: el Olivar, la Plaza Bolívar, el nosocomio, Camino Real, el Club Tres Tres, el jardín, el patio de la casa refulgen con intensidad evocativa en las páginas del último poemario de Víctor Guillén, “Una hoguera bajo el agua”, título finamente labrado para sugerir el apagamiento paulatino del hogar (la hoguera) en un fondo sin lumbre/ sin amor. El epígrafe de Vallejo que abre el libro nos da un atisbo de la intención poética: “Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad”. Recurriendo a Heidegger encontramos algo con la misma impronta: «El modo como tú eres y yo soy, la manera según la cual somos los hombres sobre la tierra, es el habitar”.

Las imágenes que transcurren –a manera de slides sucesivos- tienen como marco referencial la época del 60, tiempo de guerra fría, de la utopía comunista, de la música de los Beatles. Bien, todo ello parece extraído de un libro de relatos populosos, de movimientos sociales, de bulliciosa cotidianeidad. El poemario no está exento de dichas pulsaciones de la vida en la urbe, pero este ritmo cardiaco presente en la realidad se interioriza, se internaliza en el sujeto poético que habla desde la bruma de su condición fantasmal. A pesar de su paradoja de músico fenecido, transita en el libro rumoroso de vida. En sus páginas aparece un lenguaje contrapuntístico, de diálogos y soliloquios que dan movimiento y agilidad a lo narrado. Igualmente, en algunos poemas el orden lineal del tiempo se trastoca, haciendo más entrañable y sugestiva su lectura, como se observa en el poema 3: “Corre la pelota azul…”. Hay allí una especie de simultaneísmo literario en donde el autor convoca diferentes tiempos y espacios como estrategia para revelar mejor su postura existencial, con un estilo fluido y profundo, sin afectaciones: “y trina el canario enjaulado/ y se acaba de pronto el día/ mientras corre la pelota azul/ desde las transposiciones/ entre los acontecimientos/ cotidianos que remarca/ la prensa local/ y el estallido de la beatlemanía/ en un mundo bipolar/ mientras cae la noche/ bajo un cielo sin estrellas/ y yo afiebrado de poesía/ tal como Li Tai Po/ en el siglo VIII/ escribo el primer verso:/ corre la pelota azul por el jardín/ con aparente automatismo surrealista/ y sin embargo son muchos los años ya/ que corre la pelota azul por el jardín/ y recién en este instante de luz/ me lo revela el poema”.

Tomando en consideración la densidad simbólica de la poesía de Víctor Guillén podemos encontrar varios ejes temáticos que expresan esa vecindad armoniosa entre la vida y la muerte, de ese trombonista que lucha por permanecer en este mundo o en todo caso “en su mundo”, como la niñez subordinada y temerosa de la autoridad paterna, la asociación entre locura y santidad, la expansión de las constructoras de edificios por la ciudad, etc.

Desde el punto de vista técnico, la voz del autor, en primera y tercera persona, despliega una oralidad que nos aproxima a las diferentes escenas, como una forma de ahondar en la esencia de lo vivido y lo recordado. El poema 4 plantea, por ejemplo, el desdoblamiento del músico al que se le aconseja no ingresar a su alcoba donde recién acaba de fallecer: “Pero no entres/ no deberías entrar/ las cortinas están cerradas/ y hay una oscuridad/ como la del fondo de tu ser/ lo inextenso/ un declinar sin parpadeos/ y ni siquiera la esperanza de la melancolía/ …un olivo/ …un pájaro mudo/ …un día domingo”. Fluye en todo momento una atmósfera sugerente que se difumina en los espacios de la escritura, dándole una mayor intensificación a lo evocado.  

En el poema 7, el personaje loco se enfrasca en un diálogo alucinado con el doctor que escucha al paciente, desvariar en su pasión por el otoño: “y era precisamente durante los otoños/ en que sonreía más/ bajo este santo cielo bajo y gris/ era feliz una felicidad redonda/ como la primera letra de la palabra otoño/ mi mes preferido/ como se lo dije/ pero de pronto/ sabe usted/ fui perdiendo poco a poco mi sonrisa/ hasta que un día/ desapareció por completo/ y desde entonces llevo este gesto adusto/ que usted mira en estos momentos/ (…)/ ¡ah!/ y a propósito de los otoños/ dígame doctor Medina/ ¿cuántos días faltan para el otoño?” Como se ve el vate usa los recursos narrativos con cláusulas dialogadas para redondear la comunicación, sabe dosificar su palabra de acuerdo a las particularidades temáticas de cada poema; no se extasía en el pleno lirismo y en las angustias del ser, hay composiciones que con cierto humor rompen la atmósfera dramática, que encontramos en otros textos, permitiendo así, la distención o relajamiento del lector, como en el poema 8, que relata la vuelta del espectro a casa. A pesar de que se recuerda la gravedad de su muerte, el desenlace de los acontecimientos son muy graciosos: “ya que si en vida fue su vivienda/ ¿por qué no ha de serlo hoy?/ cuando usted ha viajado/ tantos años luz/ para estar aquí?”. El músico moriría a causa de una caída violenta cuando tropezó con su amado trombón: “Ahora que usted ha retornado/ trayendo todo ese aire espectral a la casa/ y si le incomoda la presencia del abrigo negro/ no se preocupe que lo descuelgo/ del perchero en donde luce su magnífica hechura/ ¡imagínese!/ ¡como si no tuviese culpa de nada! y lo obsequio al primer ropavejero”.

Se cuela por entre los intersticios de los poemas una cadencia, una sutil melodía que podríamos aproximarlo al jazz que para Cortázar “era una música que permitía todas las imaginaciones”. En “Una hoguera bajo el agua” hay poemas que están llenas de imágenes y sonidos del jazz. El número 11 es un homenaje a la música, y el 16 y 17, bien pueden ser vistos, como dicen los entendidos, como un “impresionante jam sesión en solitario, un batido de free jazz plasmado en palabras, donde el argumento es solo un pretexto para improvisar, para ir re-creando, cambiando de escala según viene al caso, insertando notas disonantes si le apetece”. Dichos poemas son atípicos por su registro abigarrado, sin embargo no desentonan pues la línea temática sigue siendo la misma y no dejan de sumergirnos en nuestra condición humana: “El cuerpo enfundado/ en maligno abrigo/ deviene/ en cuervo o cuerpo/ el cuerpo y su abrigo/ negro/ no cuervo/ no cuerpo/ solo/ vuelo de cuervo/ el cuerpo/ así/ ni casa/ ni cuervo/ suman/ casa más cuerpo/ ni en el cuerpo/ que es la casa/ ni en la casa/ que es el cuerpo”.

“Una hoguera bajo el agua” es un poemario maduro, macerado con una palabra honda, de ritmo sostenido y contrapuntístico, capaz de dejar en el lector más riguroso una sugestión íntima, en cuya atmósfera tintinean los sonidos de la infancia, de la música, de la orfandad y la locura, de la remembranza y la muerte, estancias desarrolladas con maestría poética, y en donde Víctor Guillén da cuenta de la soledad que padece el lenguaje contemporáneo.




sábado, 23 de enero de 2016

JUAN MOSTO: PALABRA DE POETA


Por: Antonio Sarmiento


En 1988 se publicó el libro: “Juan Mosto Domecq: El Poeta de la Canción”, antología que recopila gran parte de los poemas musicalizados del querido y famoso cantautor, quien impuso su acento inconfundible en importantes festivales de la canción. Ya desde sus páginas y del mismo rótulo hay estampada una verdad ineludible, una característica esencial que se desprende de su estilo melódico y romántico. Y es que el autor de “Quiero que estés conmigo”, “Dolor de ausencia”, “Vamos a hacer el amor con amor” y de tantos otros temas inolvidables es un poeta en todo el sentido del término, que vuelca en cada frase, en cada motivo arrancado de una intensa y azarosa vida su compromiso con el amor, los ideales y la existencia. Este adensamiento verbal y emocional se visualiza, también, en la forma cómo el poeta pone su dulzura melancólica, aún en los momentos más exaltados y dolorosos. Tal vez esa atmósfera delicada y sensible provenga del recuerdo de su niñez llena de bullicios y alegría; pero también de muchas privaciones y necesidades. El asedio biográfico lo ha de seguir permanentemente.

         “Me quedo contigo”, libro de poemas que ahora prologamos, es un conjunto de 95 textos que hablan del cuerpo y del espíritu de la amada, así como de las distintas caras del amor que pueden algunas, incluso, surgir de experiencias desgarradoras; más nunca dejarán una mueca de amargura o escepticismo en el camino. Se redimen en el hálito fecundo de una palabra profunda de fe, de luz, porque Juan Mosto no es simplemente un poeta de corte amoroso, galante, fino, sino un poeta enamorado en “caliente” de la existencia; sabe tocarla en sus vísceras con sus triunfos y furias, sus vacíos y penalidades.

         De esta manera el poeta y el hombre estarán umbilicalmente unidos, y la poesía será una liberación en medio de la tormenta, fluyendo a partir de una realidad que acecha. Apostar por el espacio de la vida y de la palabra se constituirá, entonces, en una forma de rivalizar con el tiempo de la muerte, de la soledad y del vacío. En medio de la oscuridad habrá siempre un hombre solidario, que exulta y ama en comunión con los demás: Me quedo contigo/ porque me has hecho tan feliz/ en estos años,/ porque me hiciste olvidar/ mis desengaños./ Por tu manera de amar,/ porque te quiero,/ por devolverme la alegría/ de vivir/ me quedo contigo”.

En el siguiente trazo, el personaje de la mujer será también la propia poesía. Por allí se percibe el “arte poética” del vate: “Quiero que estés conmigo/ cuando llegue el silencio…/ Cuando me encuentre solo/ quiero que estés conmigo…/ Cuando no hayan aplausos, cuando no tenga amigos,/ cuando llegue el ocaso/ quiero que estés conmigo./ Compartiremos juntos/ lo mucho que nos queda,/ yo tengo para darte, cariño,/ una vida nueva”. Es la alusión a la creación poética –o a la misma poesía- vista como compañera inseparable, y que no se vanagloria ante la lisonja sino que mantiene una actitud digna, enhiesta, anónima, sin dependencias ni adornos lingüísticos. Ella existirá mientras alguien la lea.

Uno de los temas centrales en este libro se refiere a lo efímero y fugaz del tiempo, ante lo cual se yergue el rastro de lo permanente, la huella de lo que siempre ha de brillar en el recuerdo, que se actualiza en la eternidad del presente: “Te acordarás de mí/ cuando mires la playa/ y en el campo la hierba/ te regale su olor;/ en el verso dolido/ de un poeta amoroso/ y en el llanto de un niño/ encontrarás mi amor”.

Por encima de todo se exalta la vida a través de una palabra que se da entera, a grandes brazadas. Su “unanimismo” u optimismo vital se concentra en “donde exista el amor,/ donde nunca haya guerras./ Donde no aniden jamás/ los rencores,/ donde vivan las flores,/ donde quieran a Dios”. Y todo ello significa hacer del amor, de la ternura, una melodía como estilo, una dulce y canora manera de vivir amando para contrarrestar el dolor que subyuga y las injusticias que deshumanizan.

Nunca el poeta dejará de lado la estampación de una impresión intensa. Y junto a ella la idea del autodidactismo y de la sabiduría brotada de la calle. El contacto con ella, que es la vida, y con el amor que todo lo absorbe permite que lo estético se una con la enseñanza, que en sí es bondad y belleza. Por eso, otra de las cualidades de esta poesía es que la palabra –merced a la madurez vital adquirida- se da a manera de iluminadores aforismos o sentencias que enuncian, a partir de sucesos cotidianos, una verdad indiscutible o una revelación trascendental igual para todos: “La única esperanza/ es que mañana/ se acabe la tristeza”, “¡Marchemos todos juntos!”,  “Mira el mundo y verás/ lo que hicieron tus manos”, “Una pena más/ es una gota de agua/ en el océano para mí”, “Que no importa la edad/ ni el color de la piel,/ que se puede olvidar el dolor/ cuando llega sincero el amor”.

El autor quiere que su poesía sea una experiencia de humanización. Estética y sentido ético de la vida se dan la mano, en el descubrimiento del alma de las cosas, en la mirada sencilla y cotidiana, en el desprendimiento del ropaje artificioso del lenguaje. Con ello el querido maestro puebla sus poemas con héroes anónimos del pueblo. Escribirá a la barrendera, a los niños que suben a los micros a cantar, al albañil, al obrero, a la madre. Por esta ruta se abraza con ese otro bardo inmortal de la música: Felipe Pinglo Alva, a quien rendirá un hermoso homenaje: “¡Pintor de poemas!/ es tu pluma el pincel/ que impregnado de amor/ va cantando a la vida // es la llama encendida/ que siempre alumbrará/ la esquina de mi barrio,/ mi callejón querido/ y el canto aprendido/ de tu inspiración”. Lo que él dice de su amigo el poeta Juan Gonzalo Rose también podría aplicarse a su propia obra y a su vida: “¡Se llamaba Juan!/ Pescador de luces,/ cartero de pobres,/ soñaba en su canto/ un mundo mejor./ Juan de la bohemia,/ Juan de la poesía,/ Juan de la tristeza,/ Juan de la amistad”.

Poeta capaz de vivir absorto y ensimismado, Juan Mosto se maravilla ante la contemplación de la belleza tanto de la tierra como del cielo. Esa admiración, esa emoción, será con seguridad la que permite que las cosas se renueven permanentemente. Por eso la fina compositora Consuelo Saravia Chávarri al dedicarle unos versos usa la imagen de la noche estrellada para sugerir que el poeta es un creador absoluto, capaz de extraer de su cofre personal incalculables tesoros líricos:

“Poeta de la canción
le llama el Perú entero,
porque escribe con luceros
pentagramas en la luna;
porque tiene la fortuna
de coger miles de estrellas
y engarzar con todas ellas
trazos de luz en la bruma”.


lunes, 16 de noviembre de 2015

TENDENCIAS DEL SENTIMIENTO ANDINO A TRAVÉS DEL POEMA "ORGULLO AYMARA" DE DANTE NAVA



Soi un indio fornido de treinta años de acero
forjado sobre el yunque de la meseta andina
con los martillos fúlgidos del relámpago herrero
i en la del sol, entraña de su fragua divina.

El lago Titikaka templó mi cuerpo fiero
en los pañales tibios de su agua cristalina
me amamantó la ubre de un torvo ventisquero
i fue mi cuna blanda la más pétrea colina.

Las montañas membrudas educaron mis músculos
me dio la tierra mía su roqueña cultura
alegría las albas i murria los crepúsculos.

Cuando surja mi raza que es la raza más rara
nacerá el superhombre de progenie más pura
para que sepa el mundo lo que vale el aimara.

Este soneto apareció publicado, por primera vez, en la revista cuzqueña “Alma Quechua” en su segundo número que corresponde a marzo de 1932, cuando las experiencias del “Boletín Titikaka”, “Amauta” y “La Sierra” se habían extinguido, producto de la acentuada crisis social y política que vivió el Perú luego de la ascensión al poder de Sánchez Cerro en 1930. Se inició una etapa de oscurantismo cultural debido a la acción represiva y policial contra los medios impresos. Pero el fuego inmanente de aquellas revistas siguió quemando en el corazón rebelde de muchos escritores.

Carlos Dante Nava, fue un poeta de arraigo popular y gran conocedor de las técnicas literarias. De ascendencia italiana por el lado paterno, su nacimiento se registraría en una ciudad de pescadores (Chorrillos) el 8 de abril de 1898, pero recién cumplido el año, el padre decidió trasladar a su familia a Puno, en donde instalaría luego un hotel. El “gringo” Nava, como cariñosamente lo llamaban sus amigos, aspiró y bebió del cielo azul y del lago milenario. Se consubstanció con el escenario geográfico, de grandiosas cumbres y pampas. En 1920 editaría su primer libro, que llevaba un título de sensualidad baudeleriana: “Báquica febril”, cuyos textos todavía estaban saturados de cierto decadentismo finisecular en boga pero ya asomaba la frescura nativista, de índole social, al referirse con sencillez, por ejemplo, a la frutera o a la lavandera: “Oh lavanderita de ojos de venado,/ oh lavanderita que todo has lavado/ con las manos blancas de tu dulce amor.// Con el agua alegre de tu risa amena,/ i el jabón rosado de tu carne buena,/ lava mi alma sucia…¡sucia de dolor!”

El espíritu de su obra posterior lo sitúa como el cantor de la vida puneña. Basta solo repasar algunos títulos para darse cuenta de ello: “Cantar del karabotas”, “Balsas del titikaka”, “Hilandera de los andes”, “Chola pandillera”, “Canto a Puno”. Este último poema fue premiado con la flor natural “Kantuta de Oro”, en los Juegos Florales realizado el año de 1956. Nava fue un voraz lector. Esta inmersión en la flamante literatura de su tiempo es un tópico central de su generación. Nos referimos a aquella vanguardia gestada alrededor de Orkopata y de “El Boletín Titikaka”. Estaban conectados –a través de libros, revistas y cartas- con escritores de otros países. Y es que el espíritu antiacadémico, antidiscursivo de sus integrantes no restó el profundo conocimiento que tenían sobre la obra artística. Ya por los años veinte Gamaliel Churata, por ejemplo, teorizaba sobre la naturaleza del mundo andino, y proyectaba una estética vital y comprometida con el hombre "cósmico".

De igual forma Alberto Mostajo, autor de “Cosmos” (1920) y “Canción infinita” (1928) señala, en el prólogo que escribe para este último libro, un juicio que tiene afinidad con el pensamiento de Vallejo sobre la discrepancia con esa clase de poesía que no aflora de una apremiante combustión vital: “No es creación poética todo aquello que resulta de expresar emociones forzadas e ideas ajenas a través de formas nuevas. Formas recientes que hablan de ideas ya conocidas carecen de valor e implican un fraude a la suprema dignidad del pensamiento. Tampoco debe confundirse la creación poética con aquella que resulta de aglomerar palabras cursis y retumbantes sin ningún plan ideológico ¡Un espíritu que los ordene! ¡anime! De nada sirve el esplendor de una flamante forma si ella no dice una idea o emoción de vida hecha fuego y espíritu”. De esa emoción está llena la poesía de Dante Nava. Al igual que sus contemporáneos, él fue autodidacta por voluntad propia, por considerar que la naturaleza es la mejor maestra que podía tener. Las enseñanzas del paisaje dejaron huella indeleble en sus creaciones.

“Orgullo Aymara” es un texto clásico de la poesía puneña, construido sobre la forma de un soneto regular alejandrino, que guarda la peculiar ortografía (de la “i” por la “y”) como la usó Manuel González Prada. Es un canto altivo, de afirmación y esperanza. Pictóricamente se resuelve en un fuerte trazo, a manera de aquellos grabados en madera que solían ilustrar las revistas de la época. Allí aparece retratado el poeta, en actitud de titán, confundiéndose con la naturaleza. Esa dualidad y síntesis de hombre-montaña/ lago-cielo principia con un arresto de autoafirmación, referido a la humanidad destellante del aymara y a su recia personalidad:

“Soy un indio fornido de treinta años de acero
forjado sobre el yunque de la meseta andina”

y que culmina con el conocido gesto de orgullo:

“para que todo el mundo sepa lo que vale el aymara”.

Esta unidad esencial, prosopopéyica, del hombre mimetizado con el paisaje se origina de la misma matriz y cosmovisión andina. Para ella todo es vivo, todos hablan: el hombre, la raza, las montañas, el lago, el sol. Todos participan en la conversación. El sentido profético de aquel hombre vitalista, nietzcheano, no debe verse como la supervaloración desmedida, jactanciosa de un artista ególatra. Es más bien la representación pujante del hombre andino que ama intensamente su terruño, su lago, su paisaje. Y ello es su fortaleza, su esperanza y su incontestable actualidad. Se vuelve a la profecía y a los pronósticos. La raza cantará siempre para que otros, los que vienen del futuro, la oigan y canten también; el universo será revelado por el esfuerzo de esa búsqueda ancestral, y así, los nuevos hombres hallarán la clave del misterio eterno.
Desde la perspectiva de este idealismo anunciador, de emprendimiento y audacia, de esperanza en las nuevas generaciones podemos acercarnos no solo al texto analizado sino también a la poesía de los otros vanguardistas puneños. En ellos hay un sentido de búsqueda del lenguaje hecho acción, la conducta tan importante como la propia voz literaria. La voluntad de hacer tan necesaria como la experiencia artística. De allí que en una frase Dante Nava expresaría su concepción de vida: “más vale comprender que crear”. En su caso esta afirmación se sintetiza en su profunda emoción social y humana. Aquí aparece la impronta vitalista de Whitman y del Unanimismo francés. Leyendo las páginas de “Hojas de hierba” Dante Nava, Hijo del pueblo, animado de ideales y justicias, joven que ansiaba el pánico desbordar de la vida, activa y enérgica siente que no está tocando un libro sino un hombre, y por ende a todos los hombres.
Esta vertiente de “autoafirmación” que muestra el poema de Dante Nava –muy común dentro de los escritores del Sur del Perú- tiene antecedentes en la poesía novomundista de José Santos Chocano quien en un conocido soneto estampa los siguientes versos: “Soy el cantor de América, autóctona y salvaje”. Otros poetas, como los arequipeños Alberto Hidalgo y Alberto Guillén tienen textos que se aproximan al de Nava. Más  cercano está el ruralismo de Guillén que el aticismo de Hidalgo:
“Soi un fuerte labriego i más fuerte poeta;/ Mi alma es ática, pura, buena, sentimental./ A veces soi alegre como una pandereta/ i soi a veces triste como un canto rural”.
(Alberto Hidalgo, “Reino interior”, en “Arenga lírica al Emperador de Alemania y otros poemas, 1916).
“Soi de los Puros. Mi sangre es jugo de viñas nuevas. Soi de los jóvenes bárbaros, de los bellos salvajes americanos, que principiamos a vivir. I balbuceo Cantos como los Bardos primitivos. Soi una Flor de Razas. Soi un Vértice. Sobre mis veinte años pesan veinte siglos”.

(Alberto Guillén, en “Prometeo”, 1918).

El 28 de setiembre de 1958 Dante Nava cerraría sus ojos para dormir abrigado en el lecho azul del Titikaka, cuyas aguas refractan las estrellas del firmamento. Su obra lírica fue intensa como su vida. En 1990, gracias a la amorosa dedicación de su sobrina Nina –hija de Alfredo, el hermano tenor con quien realizaría veladas artísticas- pudimos apreciar gran parte de su poesía, agrupada bajo el título “Dante Nava: el Poeta del Lago”. Para gloria de Puno y del Perú “Orgullo aymara”, el soneto inmortal, quedará grabado en la memoria de sus fervorosos lectores, y ninguna mala consciencia u ojeriza crítica podrá desalojarlo del lugar que le corresponde.


sábado, 7 de noviembre de 2015

BENDITA ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES


El 2002, a los 19 años, Antonio Morales Jara publicó su primer florilegio titulado “20 poemas de otoño”, textos de corte idílico. Lo conocí por aquella época, coincidimos en varios lugares del Callao. El poeta empezaba a manifestar los primeros síntomas de rebeldía y cuestionamientos existenciales. La juventud es impaciente y suele ser infatigable compañera de las musas. Después de esta experiencia inicial comenzaría su ininterrumpido periplo narrativo, publicando hasta la actualidad nueve libros, entre relatos y novelas. Han transcurrido ya 13 años. El escritor inmerso en el fascinante mundo de la ficción retoma la poesía, indudablemente, más dueño de sus recursos expresivos, que en esa primera entrega.
                                        
Bendita eres entre todas las mujeres” (Editorial San Marcos, 2015) contiene poemas que han estado en periodo de maceración; el autor les ha dado el pulimento necesario antes de entregarlos a la imprenta, buen indicador de un responsable trabajo con la palabra. Hace suyo el arte poética de Javier Heraud cuando confirma que no se escribe poesía sin haber sido humano,/ si no se es alfarero no se puede ser poeta”. El rótulo -extraído de la primera parte del Ave María- confronta, veladamente, la  oración canónica del catolicismo con la aguzada provocación o incitación a la sugerencia del desnudo renacentista que aparece en la portada.
                                                                              
¿Por qué esta vuelta a los territorios de lo lírico? ¿Qué ha sucedido en el alma del poeta, anexado prácticamente al género narrativo? Frente a la urdimbre de historias noveladas la poesía es un remanso que vindica al autor como ser humano posesionado en un espacio y en un tiempo determinado. Es un escritor amazónico, nació en San Martín, aunque radica actualmente en Lima. La selva como tema literario se acentúa más en sus libros de prosa. Es cierto, pero los paisajes paradisíacos que evoca en su poemario, acaso, ¿no nos remiten a esa rica cosmogonía? Algo más aún: Antonio Morales, envuelto siempre en la creación de numerosos personajes cada vez más independientes de sus hilos siente, esta vez, la necesidad de reconocerse, de ser él también parte de la trama e identificarse con su propio personaje. Y la poesía es lo que más nos acerca a nosotros mismos, ella refleja obsesiones y querencias más hondas, ese yo individual se guarece entre las imágenes. Es así que el renovado poeta colorea el paisaje de múltiples sensaciones y le animan exaltados sentimientos por la amada esposa a quien dedica el libro. Bulle la pasión, la sensualidad en las imágenes y un romanticismo ingénito que nunca romó sus aristas.



Hay en el poemario dos concepciones disímiles  que se enlazan para dar fuerza a lo poetizado: la imagen moderna, metafórica y simbólica, por un lado, y la imagen clásica, descriptiva y literaria, por otro. Con la primera el autor recoge la fuerza, el desafío y la novedad de la expresión, con la segunda reivindica los paradigmas de la belleza, la armonía y el equilibrio de la forma. Esto lo podemos apreciar, por ejemplo, en el tema del erotismo, convertido en el principal impulsador o percusor de las emociones del poeta, que si bien alcanzan éxtasis, delirio, reivindican ese ámbito de seducción o sugestión por lo literario. Si hay una erótica, estará acompañada de una estética que empapa con su rica fronda de imágenes a la pasión exultante. Para corroborarlo leamos un fragmento:
            
Acuarela en orfandad de orgasmos
y galaxia desquiciada rasgando espaldas,
no cesa de cantar tu gemido de noviembre
los febreros de ríos, pájaros y bosques.
En siluetas de rumor las grutas
entonan su amor en lira de vellos.
entonan su amor en vendimia de vientres

(…)

Descubrimos nuestros nidos de pájaros
que el invierno resistieron,
hacemos el amor entre agua revueltas y dormidas,
cariño pastel, jacinto aroma, leche estrella;
una noche se prolonga más allá del tiempo
hasta que caiga polen en estigma
y gotas blandas de nuevo en la piel.”

                              (“Hacemos” pág. 66)


El poema no se desbarranca por entero en los límites de un lenguaje carnal o de lo voluptuoso sino que despunta con expresiones muy literarias que guardan proporción y armonía con una poética que se realiza en ese espacio o templo de la naturaleza donde apacienta la mujer deseada.  Es, en definitiva, la sublimación del amor, de la celebración de su fuego, en consonancia con la naturaleza. Ella es también paisaje –mujer -poema donde principian el día y la noche, el canto primigenio de la vida. Los 71 textos en verso y 8 en prosa evocan espacios iniciáticos, de allí la nostalgia del poeta quien proclama en la pág. 116: “tengo el corazón invadido por la nostalgia de saberme ausente, lejano y distante en poco tiempo, corazón incierto sacudido por la tenue brisa del mar”.  ¿Qué evoca el poeta en este canto lastimero? ¿Nostalgia de qué? Sin duda, él recuerda –por anamnesis o reminiscencia- el jardín primero, el paraíso original, de acuerdo a un ensayo medular de Octavio Paz. Por esta ruta, el libro ingresa al plano de lo ético y cuestiona algunos aspectos de la visión judeo cristiana que nos remite al pecado y a la expiación de las culpas. En este sentido la poética que percibimos de su lectura se inscribe entre el pecado y la inocencia, entre lo lascivo y lo sublime, entre lo profano y lo sagrado, entre la pasión y la espiritualidad. Es en este campo de fuerzas que se oponen y se atraen recíprocamente, que el libro de Antonio Morales Jara alcanza a mostrar sus principales virtudes. 

sábado, 31 de octubre de 2015

EL OTRO SENDERO DE WILLY DEL POZO




Del viaje en paracaídas al aterrizaje en la realidad placentera

El itinerario vital de Willy del Pozo tiene conexiones con Altazor, figura mitológico-literaria, engendrada por el antipoeta y mago Vicente Huidobro en 1931 —año posvanguardista—, aunque los siete cantos del poemario están más en la vanguardia de los años veinte: etapa de estridencias, de humor y juegos paródicos, de la sobredimensión del yo, del superhombre nietzscheano, de epatar a los burgueses. De esas aguas movidas e iniciáticas se eleva el aura de una personalidad fantástica y alucinante como la de Altazor, alter ego de Willy del Pozo, quien lo reviviría, a principios de los noventa, al viajar a España donde fundó una revista, una asociación cultural y una editorial, con el nombre consagrado del libro huidobriano.

De esos años de estela surrealizante, cuando se era feliz e indocumentado y los versos estallaban fácilmente como la espuma del champán, surge la figura de Andrés Hernández Morente, entrañable compañero de ruta de Willy, con quien compartiría sueños y manifiestos provocadores (sería interesante organizar una muestra, antologando a los grandes compinches literarios, esos amigos que a fuerza de bogar juntos en la inmensidad lírica y vital se nos muestran como hermanos de sangre y de letra: Verlaine-Rimbaud, García Lorca-Dalí, Breton-Benjamín Peret, Vallejo-Alfonso de Silva, Moro-Westphalen, y un largo etcétera). Luego de algunos poemarios perturbadores y de su regreso al Perú, Willy trajo un personaje inusual, un heterónimo de pesadilla, heredero del animal mitológico que es Altazor pero más filoso en su arrechura y menos ortopédico que el de la novela de Mary Shelley. Karl Oharak, con cuyo nombre firmó algunos libros alucinantes y putañeros (Versos de Kloaka, Versos de W.C., Navajas, Epitafios, etc.), representa la nocturnidad, el malditismo y la rebelión en un mundo donde el individuo termina siendo solo una cifra o convertido en mero sujeto económico.

Modernidad antimoderna

Con la publicación de El sendero luminoso del placer (Ediciones Altazor, 2015, 3ª edición) no sabemos a ciencia cierta si allí se alza la voz de Willy del Pozo o es la del crudelísimo Karl Oharak, o si ambas se imantan recíprocamente para verificar una existencia delirante y divertida, pero punzada por grandes obsesiones y nubarrones interiores. Con versos de Huidobro podemos interrogar al autor, interesado en trasgredir las normas sin tapujos: “¿Por qué perdiste tu primera serenidad?/ ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa/ Con la espada en la mano?/ ¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus/ ojos como el adorno de un dios?”. Y es que en esta purga, casi policíaca de los sentidos, el ángel villano es el vencedor y el bueno quedó estrangulado en la arena. Karl Oharak es en esencia el asesino sarcástico de Altazor. (¿También de Willy del Pozo?), pero no nos adelantemos.

Posmodernidad versus Modernidad. Si el texto de Huidobro es un viaje en paracaídas, las crónicas “willianas” son su versión picaresca y sexual, mejor dicho, su versión posmoderna, por el relativismo y la indefinición de sus personajes alucinados, embarcados sin timón en una realidad sórdida. Mientras los fautores de la vanguardia histórica se enajenaban en la loca originalidad, en un “yoísmo” o “yomismo” desesperado —endiosando a sus creaturas engendradas— el cronista del presente libro hace añicos a su personaje impreso, se ríe y se mofa de sí mismo, a tal punto ridiculizado en escenas como “el CHUPO” (págs. 83-86) y “la CAGADA” (págs. 183-186). El placer ahí es buscado en las propias evacuaciones biológicas. Este hedonismo radical y abyecto puede estar significando, simbólicamente, la expurgación hasta la nimiedad de todo el caudal de fe recibido en el progreso del conocimiento y de la moral, que son los cimientos donde se sostiene la modernidad; por ello, para el autor “el sendero” más propicio y luminoso es buscar en la fuente originaria de los placeres físicos y psíquicos toda la verdad y la felicidad. ¿Epicureísmo? ¿Filosofía de vida? El hedonismo contrario al utilitarismo reivindica en el individuo su espíritu contradictorio, sus dones, sus taras y sus vicios. Como lectores, asistimos a la versión underground, en cincuenta capítulos, de un paganismo contemporáneo, escritos por un fauno memorioso.

Los ideales a contraluz

La tendencia a mostrar los vaivenes de una juventud desprejuiciada y tarambana, inmersa en los placeres de la carne, el alcohol y los paraísos artificiales no extingue, sin embargo, ciertos ideales y placeres sublimes que subyacen en algunas páginas; por ejemplo, el sentimiento de amistad que perfuma el recuerdo de Andrés Hernández Morente, quien “tenía impregnada la poesía en su piel, sus uñas, sus cabellos, su saliva y su sexo (...) su arribo al mundo no calzaba con esta época, él debió nacer más bien en el Siglo de Oro español y conllevar su vida al lado de Góngora y Quevedo” (“MANIfiesto”, pág. 211). El placer por el arte y la poiesis, aparecen en su rotunda admiración por Enrique Bunbury (su vincha es objeto de adoración fetiche), por Mario Benedetti, Nicanor Parra y Rafael Alberti; este último es blanco de las humoradas del grupo reunido en torno a la naciente revista Altazor, donde Willy y sus amigos, más que desautorizar al notable poeta de la Generación del 27, revelan una actitud acorde con su juventud bullente y creativa. “El manifiesto” de Nicanor Parra, que ellos recitaban en voz alta, tiene realización plena en El sendero luminoso del placer, aunque aquí el asunto sea la prosa y no el verso; la poesía, sin embargo, está metida como cuñas en todo el libro. Basta leer la siguiente profesión de fe, para darnos cuenta que el autor nunca dejó de ser consecuente con estos ideales líricos que preconizaba el gran vate chileno: “Nosotros repudiamos/ La poesía de gafas oscuras/ La poesía de capa y espada/ La poesía de sombrero alón./ Propiciamos en cambio/ La poesía a ojo desnudo/ La poesía a pecho descubierto/ La poesía a cabeza desnuda” (“MANIfiesto”, pág. 213).

Es en esta línea que debemos ubicar mejor las propuestas del libro, que se vanagloria en su argot juvenil y su tufillo erotizante; pero no debemos dejar de lado el interés del autor por revelar expresiones sugerentes en el aspecto semántico, gráfico y sonoro: “la inglesa más alucinante que conocí en Bournemouth y fue mía y no lo fue. Cosas del opio. ¡Oh, pío, pío, ese porrito que tú me regalaste me lo fumé a gusto en un puchero bournemouthiano!” (“PAPAVER somniferum”, pág. 125). “Alberti ha pasado a la historia en la Fundación Alberti”. “La MAR/ el MAR/ la MARiguana/ la MAR/ el MAR/ la MARica...” (“MARINERO en tierra”, pág. 210). Los relatos tienen varios niveles de lectura, no quedándose solo en el referente real inmediato. Los propios títulos, puestos en altas y bajas, intentan encontrar asociaciones y resonancias inverosímiles, que desde la óptica del narrador resultan lógicas y reales. Frente a una descripción, aparentemente simple, de un hecho trivial el texto se ilumina de repente con una “finta” o una sutileza verbal. Para ello se requiere de un lector avisado y “avezado”, perspicaz y atento, ante el doble sentido de las palabras que, como puestas ante una luz cenital, se agrandan o se potencian gracias a la polisemia y a la malicia del propio autor, que hasta su nombre es pasto para la chanza, pues Willy significa “Pinga”, en la placentera estancia de Bournemouth: “Una granuja inglesa me dijo susurrante al oído: ‘Willy, I want to meet your other willy’ (Willy, quiero conocer a tu otro willy). Y yo, obediente, le piqué un diente con rima de propina” (“my NAME is willy”, pág. 115).

Willy, el memorioso

Otro de los temas básicos es el deslinde que hace el autor sobre la memoria narrativa, aunque inicia con esto que poco interesa a la ficción: “De las cincuenta crónicas, solo una es producto de mi entera imaginación; el resto juega a la ambigüedad con la veracidad de los hechos” (“la LUMINOSIDAD del sendero”, pág. 21). Es mejor asumir de entrada que los relatos son provocados por reminiscencias y por esa resaca que fluye de hechos aún sin cabida en la existencia del autor; es decir, esos sucesos no vividos, ficticios, se hacen visibles y toman cuerpo en él, no se han conocido nunca pero están ahí presente. El mismo escritor lo constata cuando apunta con lucidez que “esa anécdota encubierta también creo haberla vivido, pues si la añoranza de algún hecho permanece en la memoria y esta la transforma y amolda a sus propias circunstancias, termina siendo verdad absoluta (...) tal historia imaginada la he interiorizado tanto que hasta yo mismo he terminado por creérmela” (“la LUMINOSIDAD del sendero”, pág. 21). Y es que la memoria sirve de base a la imaginación y a la fantasía; el escritor relata lo que su imaginación asociativa le ofrece. Tras un pasaje onírico o sexual, siempre hay un trasfondo donde se imantan lo real y lo irreal, lo vivido y lo ficticio, cuyo tono narrativo nos encandila cuando cuaja como en el siguiente fragmento: “Las noches inglesas eran una jungla, me internaba a rastras entre matas rocambolescas, fluía a nado limpio por ríos imaginarios o me deleitaba viendo cuerpos incoloros, moviéndose torpemente con alguna canción al borde de la barra” (“papaver SOMNIFERUM”, pág. 121). En El sendero luminoso del placer los tipos de recuerdos son muy variados. Algunas crónicas están narradas con mayor memoria visual: “Mi cuerpo se convulsionó girando en el universo, la aureola divina que llevaba en la cabeza se esfumó al instante y sentí caer en tierra. Fue como si mil relámpagos me electrizaran la piel desnudando mi espíritu. Atontado y tembloroso, la vi internarse en las malezas y despedirse con una guiñada coqueta” (“papá, quiero ser PAPA”, pág. 33-34), “Subí y la vi recostada como vino al mundo, tenía la piel canela refulgente, unos ojos saltones aunque medio achinados, y un cuerpo profano” (“con DON preservativo”, pág. 145). Otros relatos poseen mayor memoria auditiva, y también están las que tienen mejor memoria motora (sobre la base de ejecución de movimientos). Aquí aparece toda la retahíla de escenas sexuales, divertimentos lúbricos y bailes desenfrenados de la onda metalera (tendríamos, pues, que trascribir buena parte de las crónicas del libro). Y claro, no podían faltar los de mayor memoria olfativa que hasta podrían dar arcadas a un lector sensible por las escenas malolientes y pestíferas, presentes, por ejemplo, en “¿PEDÓfilo?”, “¡chúpate ESTA!”, “LIMA-madrid”, “SIKY nanay”, “la CAGADA”.

Es como si el autor, inmerso en una “regresión” psíquica, nos hiciera ingresar a su libro para involucrarnos en esos retazos de vida alegre y disipada que, a manera de slides fílmicos, van proyectando situaciones cada vez más embarazosas y divertidas. No se oculta nada. Aunque algunas veces nos gustaría que el autor ampliara tal o cual escena, o se detuviera un poco más, por ejemplo, en esa etapa en embrión, en donde el bebé Willy “ebrio y enrollado en su cordón umbilical, me mira con fijación a los ojos, hace un guiño cómplice y alza la mano como si sostuviera un vaso de cerveza diciéndome: ‘Salud, huevón’”. (“desde el VIENTRE de mi madre”, pág. 30).



Coda

Nada nos costaría nombrar aquí ese realismo sucio y urticante que ha venido inundado compulsivamente las trastiendas de nuestra literatura salvo el problema mismo de su desgaste como género; francamente, a veces fastidia ese remoquete nihilista que se asignan muchos de sus autores, institucionalizando una temática bastante trasegada que linda con los estereotipos, del  maniaco depresivo, alcoholizado, producto del derrumbe familiar, sórdidas historias por debajo de la escala de los valores sociales. Esto no significa que el libro de Willy del Pozo esté exento de aquellos síntomas virales que son una marca generacional. Lo que lo salva de caer en ese ambiente mórbido y desesperado es un humor a dentelladas, bendito humor que apicara la prosa y da una versión más creíble del ser en su arrebato existencial pero que sabe burlarse de sí mismo. Por ello, la impostura, el chiste y la ironía son elementos primordiales que funcionan dentro de los párrafos, oxigenando aquellos espacios opresivos, sin salida, del alma humana. En todo caso su “malignidad” radica en su objeto de libro trampa, donde el narrador mina las zonas del lenguaje para poner al descubierto modelos de dependencia mental, poniendo a prueba la capacidad de aguante del lector en cada relato, impulsado a leer entre líneas, antes de oler esfínteres o terminar muerto de risa, al pisar una granada verbal. De allí sus personajes folletinescos que fácilmente pueden ser llevados al comic, antihéroes ridiculizados, confundiéndose con su propio creador.

Y es aquí que estos relatos escatológicos están más cerca de la estación altazoriana que del mismísimo Oharak. El humor es vanguardia, es un ejercicio de libertad pero, principalmente, es la vida y el arte tiene que ser, pese a sus estancos de niebla,  una manifestación de ella. En su propio itinerario vital el narrador es, además, un próspero y exitoso editor que viene imponiendo su sello en el mercado nacional e internacional; la vida le sonríe o él se ríe de ella, por eso firma su libro como Willy del Pozo y no como Karl Oharak, cínico príncipe de la demonología. Junto a ellos, pero en ribera opuesta aparece el lírico y casto Abril Alonso, su ángel bueno. En el fondo, hay la necesidad de refundar una nueva ética para llenar el vacío existencial  de la época, como ya lo anunciaba el viejo Altazor: “Abrí los ojos en el siglo/ En que moría el cristianismo/ Retorcido en su cruz agonizante/ Ya va a dar el último suspiro/ ¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?/ Pondremos un alba o un crepúsculo/ ¿Y hay que poner algo acaso? Aunque parezca un chiste (¿otro más?) el libro es una apuesta contracultural por la vida, por la descarriada existencia, de esa “existencia –al decir de Vallejo- que todaviíza perenne imperfección”. Sus páginas reflejan el alma de un  travieso creador. A fin de cuentas aún es el “bueno” de Willy en su versión pesadillesca y metalera.

Estas crónicas trasnacionales, ambientadas muchas en Lima, Huamanga, El Puerto de Santa María (España) y Bournemouth (Inglaterra), tuvieron una primera infiltración clandestina en Huamanga, cuando aparecieron como entregas semanales en el Diario Jornada, a partir del 2005. Es curioso señalar que desde su tierra asolada por la vorágine senderista en los ochenta, algunas décadas más tarde, Willy del Pozo repetiría con sus relatos un senderismo atípico, enteramente carnal y hedonista que da al traste con un estilo afectado y literario, para ponerle un coche bomba al aburrimiento, y adentrarse en las zonas más erógenas y descastadas de la sociedad, desvirgándola en su propia piel, en sus miríficos olores y en su modorra. Un libro que se abre como una fiesta dionisiaca de los sentidos.


lunes, 26 de octubre de 2015

ALGUNAS CALAS SOBRE LA POESÍA DE CARLOS ZÚÑIGA SEGURA





Como en la vanguardia de los años veinte, aquellos poetas que empezaron a publicar en los  setenta fueron en su mayoría de provincia. En el ritmo de un proceso reformístico, eminentemente social como el velasquista, estos jóvenes encontrarían afinidades espirituales  en la creación de colectivos. Unos más que otros, incorporaron un sello distintivo a ese lenguaje duro de la calle, una respiración sanguínea y visceral que signaría a gran parte de los poetas de dicha generación, entre ellos, los de Hora Zero, punta del iceberg que ocultaba en su fondo a las individualidades creadoras que abrían el abanico con otras propuestas: lenguaje depurado, onirismo, ludismo verbal, y una participación sin exasperaciones parricidas. Pero la época, amplificada por el discurso político y social, sintonizaba mejor con la respuesta grupal y coral, sin que ello invalidara, por supuesto, el trabajo de aquellos que sin dejar de ser solidarios con sus compañeros de ruta, mantenían su independencia en el aspecto poético.

Carlos Zúñiga Segura, natural de Tayacaja (Huancavelica), nunca dejó de restituir a su palabra los aromas y la sangre del paisaje andino junto con la visión onírica del mar, producto de una larga residencia en el distrito limeño de Magdalena. No podríamos afirmar en su caso, que es un desarraigado. Más bien ese arraigo del paisaje aparece en diferentes gradaciones y tonos en su palabra, decantándose a partir de Inauguración de la ausencia (1979) en una floración de imágenes sugerentes. El poeta, desde un inicio, aborda un lenguaje cultista, destacando su actitud prístina y auroral, en la forma de encarar la poesía. En “Noctívago” –uno de sus más intensos poemas- el recuerdo doloroso de la madre lleva implícita aquella imagen de gestación o encubación del amor: “Cuando ella se fue llovida de azucenas/ la alta tierra quedó a oscuras./ No más amaneció el día llevando su antigua luz/ a nuestros recodos desolados”. Los siguientes textos: Señor de Marbella (1983) e Imperio del azar (1986) acentúan ese sentido iniciático donde la imaginería verbal despunta en esos “jilgueros de turqueza”, en la “cascada de crisálidas”, en un “aroma de arpegios”, etc. Junto a ello un franco erotismo fluye a través de imágenes plásticas, cargadas de sensualidad: “Tú y yo al enarbolar cabelleras devoradas por el viento parecemos arder en el aire. Los mismos abismos se hacen caminos, las torrentes acompañan nuestra carretera, la luz que guarda memorias de primaveras, fuente de perfume y nubevoz de la tierna edad, reina ahora en esta estancia que no tiene más gala que el fugaz ensueño en cuya tibieza todas las flores huelen a miel  y a mujer que corona la noche con gozosa sensualidad” (Luz lúnula). Adivinamos en “Invocación” y “fuerza del paisaje” -poemas del Señor de Marbella- (título también anticipatorio ) y, de modo general, en el ritmo sostenido de sus textos en prosa de Imperio del azar el preludio  hacia otra estancia en donde el canto, la danza y la invocación han de expresar con vigor, el regreso a la semilla, esta vez, con neta afirmación telúrica. Paralelamente, el poeta manejaba otros registros: concretismo (Aeroestrella, 1976-79), poesía infantil (Ángeles de sandalias azules, 1985) haikus (Estambres de plenilunio, 1990). Este último, nos perfuma con pequeños trazos de poesía, depurados y precisos.



Una etapa decisiva se inicia con El espíritu del violinista y Memorias de Santiago Azapara Gala, Gran Señor de Tayacaja que inicialmente fueron publicados en separatas independientes, y con los poemas que integran Hijos del arcoíris (2004-2014). Con ellos Carlos Zúñiga marca una vuelta no solo hacia la búsqueda de su identidad andina sino también va al encuentro de la esencialidad raigal de la palabra recreada, esta vez, en la memoria colectiva de personajes míticos o mágicos, como el violinista Yanapadre San Cristóbal, Poñahuac Llamarcay, la voz del viento, Curambayo, Catalina Wanka, Tayahuamán, hilanderas, danzantes de tijeras, etc. El espacio del canto, en su forma hímnica, así como la referencia histórica y cultural son elementos primordiales que, complementan aquella límpida visión onírica y exótica de sus anteriores poemarios. Esta nueva etapa -consecuencia de aquella- es a nuestro parecer, la que mejor representa los hondones del poeta, su marcada individualidad y su permanencia dentro del panorama de la poesía peruana.

Queremos detenernos en un texto medular, incluido en algunas antologías: Memoria de Santiago Azapara Gala, gran señor de Tayacaja. El poeta habla con voz de este dios tutelar que, simultáneamente, es el de la propia poesía: “hablo con el espíritu del viento (…) escucho a los seres queridos que han partido”, “mi nombre es el pasto que crece dulcemente, abrazado al corazón de la gente”. Percibimos en todo el poema –escrito a la manera de un gran mosaico- un centro vital y magnético del cual giran las estrofas y las imágenes, fluyen diversos tiempos y espacios; se convoca a múltiples personajes: dioses, cerros, indios, animales, etc. La voz poética va registrando los acontecimientos, guardados celosamente por la memoria popular. Tradición y modernidad se entrelazan para ofrecernos el mural de todo un pueblo. Al lado del “amor milenario de los Apus y la Pachamama”, está señalado “la llegada del primer carro de Huancayo a Pampas”.

En este poema lírico y narrativo, a la vez, Carlos Zúñiga Segura logra enhebrar la hermosa crónica de Tayacaja, región enclavada en los andes centrales del Perú. Se ha embebido del manantial materno para arrancar de sus entrañas estremecidos acordes de su canto esperanzador: “Acaricio la espiga de esperanzas que nacen/ con el canto de los pajarillos al amanecer”, “No me niegues tu compañía:/ cada mañana que canta/ cada noche que llora”. Es así que hay en Zúñiga un avance del sentido estético-lírico de sus primeros libros hacia el sentido ético y épico de una segunda etapa, conformada por textos que traslucen su nervio, su temple, su arraigo mágico y andino.