domingo, 29 de abril de 2018






¡FABULOSO PERÚ! DE ROLAND FORGUES

Por: Antonio Sarmiento


Nací un día de octubre en los Pirineos, Francia.
Mas otro día descubrí el sol de los Andes
e hice mías la rebeldía y la ternura de estos pueblos
Roland Forgues

Desde tiempos remotos el Perú despertó el interés de los europeos que identificaban a esta tierra del sur como una comarca ideal para la fantasía, la fábula, la ficción y la relacionaban con el jardín edénico, original. Ahí está, por ejemplo, la epístola de Lope de Vega que escribió como respuesta a su admiradora limeña Amarilis. Ahí el bardo español consignó expresiones que se acercaban a esa imagen evanescente que tenía del Perú. “Me escribís del otro mundo” –dice- “desde el mar del sur”, “línea equinoccial”, “me despertais de tan profundo sueño”, “indiana vena”, “clima antártico”, “mares tan remotos y diversos”, “sol antípoda”. Estas expresiones nos dan la idea cabal de un Perú que reverbera en la lejanía del tiempo. Se consustancia, por otro lado, con la propia poesía, etérea y de ligeras alas. Pero ya desde ese tiempo auroral el Inca Garcilaso de la Vega, afirmaba, a contrapelo, la naturaleza heterogénea de la sociedad peruana, alimentada de oposiciones y contrastes.

La expresión ¡Vale un Perú! no solo reveló esa abundancia sino también ese sistema de dicotomías con la que se construye el país. El periodo del oro, de la plata, del caucho, del guano o del salitre fueron estaciones sucesivas de nuestra resplandeciente y trágica historia. Con este sistema de luces y contraluces, de conflictos y tensiones, ya hace más de cuarenta años nuestro hermano francés Roland Forgues, viene poniendo el dedo en la llaga de nuestra contradictoria y cambiante experiencia de país utópico y mestizo, en permanente descubrimiento, como lo quería Mariátegui, de hurgar e interpretar la realidad, a fin de comprometernos más con nuestra existencia de peruanos. Y para corroborarlo, ahí está su poderosa obra caracterizada por el rigor científico y sociológico, además, del palpitante humor y la elocuencia de polemista, de cronista de nuestro tiempo, sin dejar de lado al nato creador que hay en él, con una veta narrativa que se descubre, incluso, en la forma de abordar la estructura o de meterse al movimiento interior de la palabra para buscar, así, los orígenes o la esencia de lo estudiado, en esos libros suyos, escritos con alto rigor epistemológico. Por eso, Manuel Pantigoso, refiriéndose a uno de sus últimos trabajos la “Voz de los orígenes”-estudio medular de 18 escritores de América- lo considera como una novela sobre el pensamiento, que estamos frente al inicio de una gran novela histórico-mítica del pensamiento latinoamericano. No es casual, entonces, que estemos frente a “otra” novela de Roland Forgues, catalogada modestamente como “relato” en las primeras páginas. Sucede que el libro tiene una filiación múltiple. Y esto porque trae consigo el temple trasgresor, cognitivo y sentimental de su autor que no puede sujetarse a un solo género, porque confluyen y cruzan varios géneros que le dan a la prosa narrativa varias dimensiones y perspectivas: ¿relato?, ¿crónica novelada?, ¿crítica sociológica?, ¿visión poética? La fuerza y la frescura de ¡fabuloso Perú!” deviene precisamente de ese estilo híbrido y amulatado que se emparenta con la realidad peruana.

La narrativa de Roland Forgues ya se estaba potenciando en libros más o menos testimoniales, referidos a dos distinguidos escritores. El “Cantar del golondrino”, de 2007, contiene relatos contados con extraordinaria densidad expresiva y amena por Leoncio Bueno, el poeta que no está en los circuitos oficiales y “Gregorio Martínez, Danzante de tijeras”, editado el 2009, tiene la misma impronta descolonizadora y la actitud de independencia frente al sistema. Ambos libros encajan perfectamente con el espíritu libertario del querido francés nacido en Tarbes. Sin embargo, los orígenes de ¡Fabuloso Perú!, -en su formato ficcional, excarcelada de la realidad- se fue gestando en El Libro de los manantiales, texto anterior, del 2006, en cuyo segundo capítulo, aparecen varios relatos, concebidos como genuinas expresiones narrativas, pensando acaso el autor, en darles posteriormente un cuerpo más compacto, como aparecen ahora, formalmente mejor organizados, en el libro que estamos comentando.

¡Fabuloso Perú! Con signo de exclamación, es un título que representa muy bien no solo lo que su autor piensa del país a través de su búsqueda. Es encuentro y síntesis, sobre todo. El corto y significativo título nos está revelando una estética, una ética y una erótica. En tal sentido no solo alude a lo maravilloso y lo fantástico que puede ser el Perú. Es fabuloso porque fundamentalmente la vida del país se realiza o se desrealiza en sus delicadas y profundas complejidades, en sus dilemas y encrucijadas. Roland Forgues ama al Perú, pero no está esperando que sea la octava maravilla del mundo o el país que se muestra por la vitrina de un escaparate. Ese erizarse y erguirse en medio de las dificultades, el ser creativo en una sociedad que se debate en medio de grandiosas contradicciones Ahí se agita el encanto de lo fabuloso como una oriflama.

En este fresco narrativo, que lleva en la portada una témpera del pintor Manuel Domingo Pantigoso, al personaje principal y alter ego del narrador, Youri, le mueve una motivación ardiente: “quiere cotejar una realidad de la que solo tiene una idea libresca con la ficción” (…) Él no va a buscar en Perú, como los aventureros de la quimera, el mítico tesoro de los Incas, sino un tesoro aún mucho más misterioso, valioso y esencial que no se puede definir, pero que él siente en lo más profundo de su subconsciente”. Este viaje íntimo y épico, a la vez, de encontrarse con uno mismo, tendrá validez si se privilegia el encontrarse con el otro. Sin duda, esta fraternidad y choque con otros yoes, es una marca que se superponen en los diferentes capítulos del libro. Recordemos aquí a Emmanuel Lévinas y su fenomenología de la alteridad, en ese descubrimiento o encuentro con el otro dentro del mundo expresivo y representativo que es la base de la creación literaria. El autor de ¡Fabuloso Perú! convoca y evoca a múltiples amigos escritores, nombrándolos con un cálido mote: el solitario de Sayán, el anarquista, el poeta de las orquídeas, el yatiri; se interioriza con personajes de novela y de la vida real: Candico, del de “Canto de Sirena”; Ernesto, de “Los ríos profundos”, hechiceros, chamanes, mujeres extraordinariamente seductoras; y también dialoga con autores fundacionales: Flora Tristán, Garcilaso, Mariátegui, Sigmund Freud. El Perú de todas las sangres de su admirado Arguedas aparece en un borbotar de historias y anécdotas, escritas con un estilo intenso, claro, valiente y crepitante de humor.

Podemos percibir una estrategia narrativa bien hilvanada a través de un doble viaje: el del autor y su personaje: Youri. Hay por lo tanto dos miradas paralelas, que se imantan muy bien. Una, la del autor, que visualiza los diversos parajes de la geografía humana y social, desde un plano narrativo, amplio y omnisciente, pero necesita otra mirada mucho más apegada al lugar de los acontecimientos, la de Youri, personaje espontáneo, fresco, libérrimo, sin subterfugios, que le da certeza y carácter a lo narrado; él encarna la fuerza del deseo y la pasión por la aventura. También está la mirada del lector que se inmiscuye en los entresijos y recovecos de la naturaleza humana, para conocer de cerca, sus alturas y descensos. El lector queda impactado, implicado, pero también desnudado por estas sutiles y profundas paradojas de un país, en el que vive, pero en el cual se compromete o muy poco o nada. Forgues nos pone en contacto, a tajo abierto, con la razón de ser y de estar aquí en esta tierra, rica en contenido histórico y cultural, de saber cómo nos vemos y cómo nos ven, y nos invita a tener esa otra mirada fecunda, autocrítica -no inquisidora-, que es la mirada de la conciencia.

Observamos un gran dinamismo y movimiento que envuelve toda la materia narrativa, producto de las idas y paradas de Youri, en busca de los pequeños y grandes imaginarios de nuestra identidad. Él nunca se sentirá extraño en ninguna parte. Este desplazamiento se desarrolla de manera natural;  los hechos se suceden de un lugar a otro: de la zona costera, pasa a la región selvática o a la sierra, y mientras se va contando no se siente los cortes o los vacíos de ese salto. Un modo de enfrentar la violencia de una época tormentosa es con el apicarado humor, cáustico muchas veces, para mostrar lo delirante que puede llegar una ciudad atenazada por el miedo. En “Cacheo en la calle La rifa” –décimo capítulo-, se refleja la zozobra de los años ochenta. Mientras esperaba al amigo para una entrevista literaria, Youri es cateado por la policía al confundírsele con un posible subversivo. Le revisan el morral donde guarda su infaltable cámara fotográfica y le quitan hasta su grabadora. El narrador dice con punzante ironía:

Pero también su libreta de apuntes en la que buscan y encuentran nombres de peligrosos terroristas que viven en Lima: Washington Delgado, Mario Florián, Manuel Moreno Jimeno, Carlos Germán Belli, Alejandro Romualdo, Marco Martos (entre otros) y luego acentúa: “desde luego todos ellos relacionados con Sendero Luminoso. Y además con ramificaciones en Europa como demuestran las libretas: Rodolfo Hinostroza, Armando Rojas, Elqui Burgos, Jorge Eduardo Eielson, Alfredo Bryce Echenique”.

A pesar del odio y la violencia social y política de la época, “Youri tiene confianza en el futuro y está convencido de que el amor salvará al mundo”. “Reinventar el amor”, dijo Rimbaud. Y el amor es tópico central del libro. El amor real, físico a una mujer; atropellado y profundamente sexual, que tiene mucho de ese loco-amor de los surrealistas. Roland Forgues no estudia el decorado y los contornos, su personaje se embarra los zapatos para buscar la aldea más lejana, el huarique donde abunda el potaje en su punto. No es pues la suya, una visión exótica o eurocentrista. Es más bien la del hermano francés incorporado a nuestra identidad. Youri se refocila en la cantina, en el prostíbulo, donde el amor se resuelve con libertad y situaciones embarazosas como cuando él y el Pelirrojo se internan en la selva de Iquitos, dando rienda suelta a la libido, sin caer en cuenta que ellos habían sido el bocadillo perfecto de lindas “mariposas nocturnas”, que los habían flechado con gotas de curare:

-¿Qué te pasa?, pregunta Youri asombrado.
-Huy, Huy, creo que atrapé ni primera gonorrea, responde (el pelirrojo)
-No te preocupes, replica Youri en un tono lúdico. Por ahora no eres más que brigadier… a la segunda serás mayor, a la tercera, capitán, a la cuarta, comandante, a la quinta, coronel, a la sexta, general y a la séptima, presidente de la república” (Ballet mágico en el cielo de Iquitos”)

En cada una de las 33 escenas el autor nos encandila con su narración jugosa, traviesa, minuciosa en sus descripciones, con palabras y frases extraídas de la cantera popular. Hablar del amor, de la pasión del amor es también hablar de la escritura. Roland Forgues congrega y suscita ardientemente una libertad absoluta frente al lenguaje, que se corresponde  con esa “visión crítica a filo de catre de la cópula creativa”, según lo dijo en su libro “Gregorio Martínez, Danzante de tijeras”. Hermosa definición que concilia el pensar y el sentir de la escritura como un acto de amor.

La adhesión a nuestro país impregna todas las páginas de ¡Fabuloso Perú”!, el cual resume y condensa un gran afecto y una visión amplia sobre el país, manifestada a través de sus grandes perspectivas y contrastes, de búsqueda permanente, acorde con el anhelo del mañana, del futuro, de la luz de los tiempos iniciáticos.






domingo, 1 de octubre de 2017

EL LADO MATERNO DE LA MUERTE, DE ÍTALO MORALES



Conocí a Ítalo Morales en 1999, cuando nos presentamos en uno de los tantos recitales que se dieron en el boulevar de Quilca. Con nosotros también estuvo el poeta Ricardo Ayllón. Fue un encuentro de chimbotanos, con música de los Pasteles Verdes y los Rumbaney. Ítalo recién había publicado una plaqueta de narrativa: Día de Suerte (1999). Luego, publicaría algunos libros de gran originalidad que lo situaron como un referente de las letras de Chimbote.  Junto a sus dotes innatas para la narrativa reconocí en él a un crítico y estudioso de la literatura, en cuyos trabajos se destacan la función del escritor como testigo de su tiempo y de su propia objetividad. Es un autor preocupado por el lenguaje,  en aspectos relacionados con la búsqueda de nuevos procedimientos lingüísticos, que lo llevaron a introducirse en el micro- ambiente del relato breve.

La calidad de libros como “El aullar de las hormigas” (2003) y “El Cielo Desleído” (2006), se encuentra en la preferencia por la disquisición existencial y filosófica, en los conflictos interiores, la historia humana y la propia ficción como elemento argumental; con los que busca la universalidad temática y la plenitud artística. Dichos textos contienen una función meta-literaria por el manejo del lenguaje, que se nutre de sus propias resonancias y sortilegios. De allí que el aparente nihilismo, la condición de lo metafísico o sus afirmaciones en torno a la vanidad de la filosofía –expresados con sarcasmo y lucidez- son puntos de partida para la valoración de lo poético, pues la poesía está en la modificación que suscita cada lectura en el individuo. En general, el micro relato se mueve en esta atmósfera sugerente.

En "El lado materno de la muerte” (Fondo Editorial del Instituto Pedagógico de Chimbote), Ítalo Morales pasa de la brevedad del texto, encapsulado, atomizado, hacia el registro narrativo amplio, de mayores posibilidades expresivas, sin perder esa capacidad de sugerencia muy marcada en sus mini ficciones.  Los seis relatos que integran el libro sorprenden por la recia personalidad de un estilo en constante experimentación. Por ejemplo, en el espléndido relato que da título al libro el autor nos introduce en un capitulo terrible de nuestra historia donde aparece una mujer campesina o madre coraje, inmersa en la violencia subversiva. El autor aborda la condición humana desde una visión existencialista y refleja la historia de este personaje como resultado de su esfuerzo de su lucha y agonía. En los otros relatos aparecen la soledad, el absurdo, la muerte, la esperanza y la desesperación como temas literarios, que adquieren su terrible y desnuda vigencia. Hay como una atmósfera sugestiva que recubre el espacio de cada uno de ellos, especie de halo poético que le da profundidad a lo narrado.

En efecto, más que representar líneas de argumento bien definidos, estos cuentos quieren evocar en el lector una serie de emociones. Tan importante son las cosas como los  vacíos, aquello que puede ser intuido antes que leído. Y esto podría ser la clave de la perspectiva literaria de su autor. La realidad no está solo en los personajes ni en las circunstancias, sino en el espacio que se encuentra entre ellos, que los alberga, los envuelve y los vincula irremediablemente. La construcción narrativa se sostiene en la creación de esa atmósfera necesaria, en la interiorización de los personajes, en sus búsquedas, en sus diversos paisajes sicológicos, en su “estar” que alude a frustraciones, tabúes, soledades, incomunicaciones, etc. Estas actitudes se integran dentro de las características de la narrativa contemporánea, ya señaladas por Ernesto Sábado cuando se refería a sus rasgos más relevantes, como la ilogicidad, el descubrimiento del otro, el mundo desde el yo, el tiempo interior, el subconsciente, la comunión.

En “La imagen materna de la muerte” hay la recurrencia de imágenes que golpean el libro de manera constante, como la presencia de la muerte, el coraje de la madre, el padre muerto por los senderistas, el maquillador de cadáveres. Sin embargo,  la muerte no es tratada como apagamiento, finitud, caducidad de lo terreno, estancamiento de vida, sino como un deseo de trascenderla. Los personajes finados dan atisbos de vida,  sugieren fantásticas impresiones o hablan desde la propia muerte.

En el desarrollo del cuento “La moto de Kafka”, el autor señala que “la probabilidad de encontrar un lector kafkiano en un país subdesarrollado era muy alta”. Aquí hay un mensaje que no es difícil formular: el mundo coherente que creemos vivir, gobernado por la razón y fijado en inmutables categorías morales e intelectuales, es en verdad una invención de los hombres que se superpone a la realidad absurda, caótica.
Respecto a las técnicas aprendidas, el narrador explica lo que quiere no a través del autor omnisciente, que lo sabe todo, sino mediante un contrapunto en donde un personaje habla del pasado y el otro desde el presente, de manera discordante, contradictoria. Lo mismo sucede con la objetividad, con la experimentación de la narración autobiográfica, con la presencia del “tú” y el “nosotros”, con la relación distinta entre autor y personaje, con el “llamado punto de vista” a partir de un foco desde el cual, por su mayor concentración, se mira toda la narración para iluminarla. De esta manera el personaje no está dominado por el autor sino que, por su libertad, se convierte inclusive en un coautor. A todo esto se podría agregar la ruptura del tiempo y del espacio, la belleza en las descripciones, la minuciosa elaboración del retrato
La incesante creación de Ítalo Morales, fluctúa entre la reflexión y el espíritu lúdico. Precisamente, estas dos vertientes –en donde la historia pensada rescata la memoria de nuestra identidad sumergida en la recreación de la palabra- tipifican toda la valiosa producción de un escritor cuyas alegorías representan el compromiso con la intensa y desgarrada condición humana. Sus relatos ofrecen un gran mosaico que revela, en su dialéctica, a los dos polos del país: uno es la patria exterior con sus dificultades y sus luchas por lograr una identidad aún no encontrada; el otro es la patria interior, en permanente zozobra, que quiere salir a flote, con situaciones y personajes evocados que quieren reestructurar, mediante la reflexión y la crítica, la vida interior del hombre.




sábado, 9 de septiembre de 2017

LOS VARIOS CAMINOS DE LA CONDICIÓN HUMANA EN “ESE CAMINO EXISTE”,  NOVELA DE LUIS FERNANDO CUETO

Por: Antonio Sarmiento

La guerra interna que asoló a nuestro país en los años ochenta ha sido abordada por un buen número de novelas que reflejan cada una, desde un punto de vista particular, toda la crueldad de esta lucha intestina entre los peruanos. En un primer momento, el foco de interés de dichas novelas se centró en la mirada del narrador quien juzgaba esa época oscura, con situaciones extremas que desbordaban sus páginas. Ello a la larga tuvo un impacto negativo pues se les puso un estigma, se las encuadró y se las catalogó como narrativa de la violencia. Es cierto que hubieron excesos al punto que el horror de esta guerra fratricida imponía su sello marketero, pero también se publicaron novelas de calidad, que tras la opresiva atmósfera de dolor y odio se superponían otros mensajes sugerentes que, incluso, cuestionaban el discurso hegemónico. Y es que a la luz de una postura reflexiva y más comprometida con el lenguaje narrativo, ahora se le da una mayor atención a la mirada del lector, a la multiplicidad de lecturas y a la polivalencia de símbolos incrustados en el texto, visualizándose mejor el efecto y la resonancia de los otros mensajes que aparecían velados en la narración.



En el caso de “Ese camino existe” (Premio Copé de Oro, 2011) de Luis Fernando Cueto, encontramos varias lecturas sin que ello signifique alejarnos del contexto de radical violencia que le sirve de base. Podría tratarse, además, de una novela que asume con coraje la reconciliación nacional, legado de los escritores fundacionales que llevaron al Perú en sus entrañas: desde Garcilaso, pasando por Vallejo, hasta Arguedas. También, su lectura nos invita a reflexionar sobre el atropello de los derechos humanos y la corrupción en todos sus niveles, así como la pobreza y la marginación de poblaciones, especialmente de las zonas andinas. La violencia de sendero y de las fuerzas armadas que colisionan en la novela de Cueto es la punta del iceberg de esa violencia generalizada y estructural, que tiene antecedentes desde la conquista. En realidad, el tema de la guerra interna bien puede significar un pretexto para que el autor se explaye sobre la desgarrada condición humana. Él, por supuesto, conoce al dedillo todos los vericuetos de los paisajes naturales y humanos en conflicto; vivió en carne propia el horror de la guerra, pero su relato alcanza vibración cuando capta, sobre todo,  el alma dolida de pueblos de Ayacucho y Huancavelica gracias a la tensión y eficacia de su lenguaje. Es decir, la emoción y la sensibilidad  van de la mano con la eficacia estética de la prosa. El libro que reseñamos nos impacta, nos conmueve porque las terribles escenas que describe se sostienen en su lenguaje literario. La ficción cumple muy bien su papel transformador, porque rebasa el testimonio de la realidad. Muy bien lo dice el maestro Oswaldo Reynoso en la contratapa del libro: “Ese camino existe es la palabra en su máxima expresión, nos envuelve, nos atrapa”.

Luis Fernando Cueto tiene gran predilección por las obras de José María Arguedas y Juan Ojeda, figuras emblemáticas presentes en el espíritu de la literatura chimbotana. Ambos representan dos líneas, dos marcas. El primero simboliza al Perú de todas las sangres, de hervores e identidades múltiples.  En su novela Cueto asume este legado polifónico e integrador a través de sus variopintos personajes, con desgarradas tipologías de conducta. “Ese camino existe” despliega, en su movimiento interno, una dinámica social, como motor de la historia, observable en esa colisión de dos fuerzas que se repelen y se confrontan, donde una población entera es arrancada de su espacio mítico y enrolada a la fuerza a una guerra absurda. En un segundo caso, Ojeda representa la modernidad estética, el  conocimiento de las técnicas literarias con las que Cueto ha ido construyendo pacientemente un estilo autónomo y erizado.

A seis años de haber sido elegida como ganadora del Premio Copé 2011 la novela del escritor chimbotano, ya en su tercera edición, trasluce en su interior su vivo mensaje de esperanza. No, no estamos aquí hablando de una novela de tesis para demostrar que ante el odio y los actos más sangrientos se eleva vivificante el fuego indestructible del amor y la justicia. Sin embargo, el autor no puede prescindir de sus experiencias vividas en el propio campo de batalla, de su visión del mundo, de su ardiente vigilia y de su imaginación. Entre mundos que se oponen, entre dos sistemas que se repelen, apuesta por el futuro y por los jóvenes. Leamos lo que dijo en su discurso cuando ganó el Copé: “Me propuse escribir un libro donde no estuviese solamente retratado mi puerto y sus personajes paralógicos, sino, sobre todo, donde estuviera reflejado el Perú y todas las caras que componen su nacionalidad variopinta. Quería decirles a los jóvenes de mi país, que en una nación –una comunidad proyectada hacia el futuro- no puede haber lugar para el desaliento. Que por más que delante de nuestros ojos desfilen las caravanas de la barbarie, de la destrucción y la muerte, de tras de ella siempre estará abierto el vasto camino de la esperanza”.

La novela inicia con un epígrafe del poeta Alejandro Romualdo: “Si a mis palabras se las lleva el viento/ aquí dejo esta piedra/ firmemente,/ pongo a prueba del tiempo una esperanza/ más fuerte que el dolor y que la muerte”. Este epígrafe es consecuente con el título de la novela, especialmente con su mensaje esperanzador. El libro, además, contiene varias referencias bíblicas como parte de esa rica ambigüedad con que se comunica. Por ejemplo, en su momento más erizado, al borde de la locura, Cubo, el personaje con que el autor encarna, dice estas palabras: “¿No te dije? Estaba escrito que al tercer día resucitarán, ya no te preocupes por tanto muerto, morirán y resucitarán, es fácil ¿no?, todos deben irse cantando alabanzas al señor, los muchachos que están sentados en la grama morirán y al tercer día resucitarán, el chiquillo del ojo morado morirá y regresará con ojos nuevos, más claros, más agudos, ojos para ver muertos, como perro lagañoso”.

La novela ingresa a un sistema de claroscuros. Cuando parece que la vida se extingue irremediablemente, empiezan a parpadear pequeñas luces donde columbra un nuevo renacer. Si el relato ensombrece con la descripción de macabros procedimientos de tortura, con la masacre de los hombres notables y las mujeres del pueblo de Chongui, con las guaguas asesinadas y el desenlace fatídico de mujeres que dejarían huella en el alma de Cubo, como Úrsula y Perpetua Cori, y Margarita Vilca y Nativa para el caso de Américo Parihuana, surgen inesperadamente actos de solidaridad como Ordenanza que se sensibiliza con el joven que iba a ser llevado a la sala de tortura: “Ordenanza se sorprendió, bajó la mirada y se encontró con los ojos entreabiertos del universitario. En ese momento se convenció de que, contra todos los procedimientos de muerte, contra todos los agentes de locura, la vida tenía que resistir, hacerse fuerte y terminar imponiéndose. Supo entonces, que Faustino Almendras no podía morir. Llorando de emoción, Ordenanza volvió a arrodillarse y comenzó a hablar en quechua con el detenido”.


“Ese camino existe” debe leerse desde los múltiples ángulos que ofrece una estructura narrativa sugerente y dinámica como su mejor opción.

sábado, 15 de octubre de 2016

UNA HOGUERA BAJO EL AGUA, DE VÍCTOR GUILLÉN



El espectro de un trombonista de jazz recorriendo la casa en que vivió; lugares reconocibles y transitables de Lima: el Olivar, la Plaza Bolívar, el nosocomio, Camino Real, el Club Tres Tres, el jardín, el patio de la casa refulgen con intensidad evocativa en las páginas del último poemario de Víctor Guillén, “Una hoguera bajo el agua”, título finamente labrado para sugerir el apagamiento paulatino del hogar (la hoguera) en un fondo sin lumbre/ sin amor. El epígrafe de Vallejo que abre el libro nos da un atisbo de la intención poética: “Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad”. Recurriendo a Heidegger encontramos algo con la misma impronta: «El modo como tú eres y yo soy, la manera según la cual somos los hombres sobre la tierra, es el habitar”.

Las imágenes que transcurren –a manera de slides sucesivos- tienen como marco referencial la época del 60, tiempo de guerra fría, de la utopía comunista, de la música de los Beatles. Bien, todo ello parece extraído de un libro de relatos populosos, de movimientos sociales, de bulliciosa cotidianeidad. El poemario no está exento de dichas pulsaciones de la vida en la urbe, pero este ritmo cardiaco presente en la realidad se interioriza, se internaliza en el sujeto poético que habla desde la bruma de su condición fantasmal. A pesar de su paradoja de músico fenecido, transita en el libro rumoroso de vida. En sus páginas aparece un lenguaje contrapuntístico, de diálogos y soliloquios que dan movimiento y agilidad a lo narrado. Igualmente, en algunos poemas el orden lineal del tiempo se trastoca, haciendo más entrañable y sugestiva su lectura, como se observa en el poema 3: “Corre la pelota azul…”. Hay allí una especie de simultaneísmo literario en donde el autor convoca diferentes tiempos y espacios como estrategia para revelar mejor su postura existencial, con un estilo fluido y profundo, sin afectaciones: “y trina el canario enjaulado/ y se acaba de pronto el día/ mientras corre la pelota azul/ desde las transposiciones/ entre los acontecimientos/ cotidianos que remarca/ la prensa local/ y el estallido de la beatlemanía/ en un mundo bipolar/ mientras cae la noche/ bajo un cielo sin estrellas/ y yo afiebrado de poesía/ tal como Li Tai Po/ en el siglo VIII/ escribo el primer verso:/ corre la pelota azul por el jardín/ con aparente automatismo surrealista/ y sin embargo son muchos los años ya/ que corre la pelota azul por el jardín/ y recién en este instante de luz/ me lo revela el poema”.

Tomando en consideración la densidad simbólica de la poesía de Víctor Guillén podemos encontrar varios ejes temáticos que expresan esa vecindad armoniosa entre la vida y la muerte, de ese trombonista que lucha por permanecer en este mundo o en todo caso “en su mundo”, como la niñez subordinada y temerosa de la autoridad paterna, la asociación entre locura y santidad, la expansión de las constructoras de edificios por la ciudad, etc.

Desde el punto de vista técnico, la voz del autor, en primera y tercera persona, despliega una oralidad que nos aproxima a las diferentes escenas, como una forma de ahondar en la esencia de lo vivido y lo recordado. El poema 4 plantea, por ejemplo, el desdoblamiento del músico al que se le aconseja no ingresar a su alcoba donde recién acaba de fallecer: “Pero no entres/ no deberías entrar/ las cortinas están cerradas/ y hay una oscuridad/ como la del fondo de tu ser/ lo inextenso/ un declinar sin parpadeos/ y ni siquiera la esperanza de la melancolía/ …un olivo/ …un pájaro mudo/ …un día domingo”. Fluye en todo momento una atmósfera sugerente que se difumina en los espacios de la escritura, dándole una mayor intensificación a lo evocado.  

En el poema 7, el personaje loco se enfrasca en un diálogo alucinado con el doctor que escucha al paciente, desvariar en su pasión por el otoño: “y era precisamente durante los otoños/ en que sonreía más/ bajo este santo cielo bajo y gris/ era feliz una felicidad redonda/ como la primera letra de la palabra otoño/ mi mes preferido/ como se lo dije/ pero de pronto/ sabe usted/ fui perdiendo poco a poco mi sonrisa/ hasta que un día/ desapareció por completo/ y desde entonces llevo este gesto adusto/ que usted mira en estos momentos/ (…)/ ¡ah!/ y a propósito de los otoños/ dígame doctor Medina/ ¿cuántos días faltan para el otoño?” Como se ve el vate usa los recursos narrativos con cláusulas dialogadas para redondear la comunicación, sabe dosificar su palabra de acuerdo a las particularidades temáticas de cada poema; no se extasía en el pleno lirismo y en las angustias del ser, hay composiciones que con cierto humor rompen la atmósfera dramática, que encontramos en otros textos, permitiendo así, la distención o relajamiento del lector, como en el poema 8, que relata la vuelta del espectro a casa. A pesar de que se recuerda la gravedad de su muerte, el desenlace de los acontecimientos son muy graciosos: “ya que si en vida fue su vivienda/ ¿por qué no ha de serlo hoy?/ cuando usted ha viajado/ tantos años luz/ para estar aquí?”. El músico moriría a causa de una caída violenta cuando tropezó con su amado trombón: “Ahora que usted ha retornado/ trayendo todo ese aire espectral a la casa/ y si le incomoda la presencia del abrigo negro/ no se preocupe que lo descuelgo/ del perchero en donde luce su magnífica hechura/ ¡imagínese!/ ¡como si no tuviese culpa de nada! y lo obsequio al primer ropavejero”.

Se cuela por entre los intersticios de los poemas una cadencia, una sutil melodía que podríamos aproximarlo al jazz que para Cortázar “era una música que permitía todas las imaginaciones”. En “Una hoguera bajo el agua” hay poemas que están llenas de imágenes y sonidos del jazz. El número 11 es un homenaje a la música, y el 16 y 17, bien pueden ser vistos, como dicen los entendidos, como un “impresionante jam sesión en solitario, un batido de free jazz plasmado en palabras, donde el argumento es solo un pretexto para improvisar, para ir re-creando, cambiando de escala según viene al caso, insertando notas disonantes si le apetece”. Dichos poemas son atípicos por su registro abigarrado, sin embargo no desentonan pues la línea temática sigue siendo la misma y no dejan de sumergirnos en nuestra condición humana: “El cuerpo enfundado/ en maligno abrigo/ deviene/ en cuervo o cuerpo/ el cuerpo y su abrigo/ negro/ no cuervo/ no cuerpo/ solo/ vuelo de cuervo/ el cuerpo/ así/ ni casa/ ni cuervo/ suman/ casa más cuerpo/ ni en el cuerpo/ que es la casa/ ni en la casa/ que es el cuerpo”.

“Una hoguera bajo el agua” es un poemario maduro, macerado con una palabra honda, de ritmo sostenido y contrapuntístico, capaz de dejar en el lector más riguroso una sugestión íntima, en cuya atmósfera tintinean los sonidos de la infancia, de la música, de la orfandad y la locura, de la remembranza y la muerte, estancias desarrolladas con maestría poética, y en donde Víctor Guillén da cuenta de la soledad que padece el lenguaje contemporáneo.




sábado, 23 de enero de 2016

JUAN MOSTO: PALABRA DE POETA


Por: Antonio Sarmiento


En 1988 se publicó el libro: “Juan Mosto Domecq: El Poeta de la Canción”, antología que recopila gran parte de los poemas musicalizados del querido y famoso cantautor, quien impuso su acento inconfundible en importantes festivales de la canción. Ya desde sus páginas y del mismo rótulo hay estampada una verdad ineludible, una característica esencial que se desprende de su estilo melódico y romántico. Y es que el autor de “Quiero que estés conmigo”, “Dolor de ausencia”, “Vamos a hacer el amor con amor” y de tantos otros temas inolvidables es un poeta en todo el sentido del término, que vuelca en cada frase, en cada motivo arrancado de una intensa y azarosa vida su compromiso con el amor, los ideales y la existencia. Este adensamiento verbal y emocional se visualiza, también, en la forma cómo el poeta pone su dulzura melancólica, aún en los momentos más exaltados y dolorosos. Tal vez esa atmósfera delicada y sensible provenga del recuerdo de su niñez llena de bullicios y alegría; pero también de muchas privaciones y necesidades. El asedio biográfico lo ha de seguir permanentemente.

         “Me quedo contigo”, libro de poemas que ahora prologamos, es un conjunto de 95 textos que hablan del cuerpo y del espíritu de la amada, así como de las distintas caras del amor que pueden algunas, incluso, surgir de experiencias desgarradoras; más nunca dejarán una mueca de amargura o escepticismo en el camino. Se redimen en el hálito fecundo de una palabra profunda de fe, de luz, porque Juan Mosto no es simplemente un poeta de corte amoroso, galante, fino, sino un poeta enamorado en “caliente” de la existencia; sabe tocarla en sus vísceras con sus triunfos y furias, sus vacíos y penalidades.

         De esta manera el poeta y el hombre estarán umbilicalmente unidos, y la poesía será una liberación en medio de la tormenta, fluyendo a partir de una realidad que acecha. Apostar por el espacio de la vida y de la palabra se constituirá, entonces, en una forma de rivalizar con el tiempo de la muerte, de la soledad y del vacío. En medio de la oscuridad habrá siempre un hombre solidario, que exulta y ama en comunión con los demás: Me quedo contigo/ porque me has hecho tan feliz/ en estos años,/ porque me hiciste olvidar/ mis desengaños./ Por tu manera de amar,/ porque te quiero,/ por devolverme la alegría/ de vivir/ me quedo contigo”.

En el siguiente trazo, el personaje de la mujer será también la propia poesía. Por allí se percibe el “arte poética” del vate: “Quiero que estés conmigo/ cuando llegue el silencio…/ Cuando me encuentre solo/ quiero que estés conmigo…/ Cuando no hayan aplausos, cuando no tenga amigos,/ cuando llegue el ocaso/ quiero que estés conmigo./ Compartiremos juntos/ lo mucho que nos queda,/ yo tengo para darte, cariño,/ una vida nueva”. Es la alusión a la creación poética –o a la misma poesía- vista como compañera inseparable, y que no se vanagloria ante la lisonja sino que mantiene una actitud digna, enhiesta, anónima, sin dependencias ni adornos lingüísticos. Ella existirá mientras alguien la lea.

Uno de los temas centrales en este libro se refiere a lo efímero y fugaz del tiempo, ante lo cual se yergue el rastro de lo permanente, la huella de lo que siempre ha de brillar en el recuerdo, que se actualiza en la eternidad del presente: “Te acordarás de mí/ cuando mires la playa/ y en el campo la hierba/ te regale su olor;/ en el verso dolido/ de un poeta amoroso/ y en el llanto de un niño/ encontrarás mi amor”.

Por encima de todo se exalta la vida a través de una palabra que se da entera, a grandes brazadas. Su “unanimismo” u optimismo vital se concentra en “donde exista el amor,/ donde nunca haya guerras./ Donde no aniden jamás/ los rencores,/ donde vivan las flores,/ donde quieran a Dios”. Y todo ello significa hacer del amor, de la ternura, una melodía como estilo, una dulce y canora manera de vivir amando para contrarrestar el dolor que subyuga y las injusticias que deshumanizan.

Nunca el poeta dejará de lado la estampación de una impresión intensa. Y junto a ella la idea del autodidactismo y de la sabiduría brotada de la calle. El contacto con ella, que es la vida, y con el amor que todo lo absorbe permite que lo estético se una con la enseñanza, que en sí es bondad y belleza. Por eso, otra de las cualidades de esta poesía es que la palabra –merced a la madurez vital adquirida- se da a manera de iluminadores aforismos o sentencias que enuncian, a partir de sucesos cotidianos, una verdad indiscutible o una revelación trascendental igual para todos: “La única esperanza/ es que mañana/ se acabe la tristeza”, “¡Marchemos todos juntos!”,  “Mira el mundo y verás/ lo que hicieron tus manos”, “Una pena más/ es una gota de agua/ en el océano para mí”, “Que no importa la edad/ ni el color de la piel,/ que se puede olvidar el dolor/ cuando llega sincero el amor”.

El autor quiere que su poesía sea una experiencia de humanización. Estética y sentido ético de la vida se dan la mano, en el descubrimiento del alma de las cosas, en la mirada sencilla y cotidiana, en el desprendimiento del ropaje artificioso del lenguaje. Con ello el querido maestro puebla sus poemas con héroes anónimos del pueblo. Escribirá a la barrendera, a los niños que suben a los micros a cantar, al albañil, al obrero, a la madre. Por esta ruta se abraza con ese otro bardo inmortal de la música: Felipe Pinglo Alva, a quien rendirá un hermoso homenaje: “¡Pintor de poemas!/ es tu pluma el pincel/ que impregnado de amor/ va cantando a la vida // es la llama encendida/ que siempre alumbrará/ la esquina de mi barrio,/ mi callejón querido/ y el canto aprendido/ de tu inspiración”. Lo que él dice de su amigo el poeta Juan Gonzalo Rose también podría aplicarse a su propia obra y a su vida: “¡Se llamaba Juan!/ Pescador de luces,/ cartero de pobres,/ soñaba en su canto/ un mundo mejor./ Juan de la bohemia,/ Juan de la poesía,/ Juan de la tristeza,/ Juan de la amistad”.

Poeta capaz de vivir absorto y ensimismado, Juan Mosto se maravilla ante la contemplación de la belleza tanto de la tierra como del cielo. Esa admiración, esa emoción, será con seguridad la que permite que las cosas se renueven permanentemente. Por eso la fina compositora Consuelo Saravia Chávarri al dedicarle unos versos usa la imagen de la noche estrellada para sugerir que el poeta es un creador absoluto, capaz de extraer de su cofre personal incalculables tesoros líricos:

“Poeta de la canción
le llama el Perú entero,
porque escribe con luceros
pentagramas en la luna;
porque tiene la fortuna
de coger miles de estrellas
y engarzar con todas ellas
trazos de luz en la bruma”.


lunes, 16 de noviembre de 2015

TENDENCIAS DEL SENTIMIENTO ANDINO A TRAVÉS DEL POEMA "ORGULLO AYMARA" DE DANTE NAVA



Soi un indio fornido de treinta años de acero
forjado sobre el yunque de la meseta andina
con los martillos fúlgidos del relámpago herrero
i en la del sol, entraña de su fragua divina.

El lago Titikaka templó mi cuerpo fiero
en los pañales tibios de su agua cristalina
me amamantó la ubre de un torvo ventisquero
i fue mi cuna blanda la más pétrea colina.

Las montañas membrudas educaron mis músculos
me dio la tierra mía su roqueña cultura
alegría las albas i murria los crepúsculos.

Cuando surja mi raza que es la raza más rara
nacerá el superhombre de progenie más pura
para que sepa el mundo lo que vale el aimara.

Este soneto apareció publicado, por primera vez, en la revista cuzqueña “Alma Quechua” en su segundo número que corresponde a marzo de 1932, cuando las experiencias del “Boletín Titikaka”, “Amauta” y “La Sierra” se habían extinguido, producto de la acentuada crisis social y política que vivió el Perú luego de la ascensión al poder de Sánchez Cerro en 1930. Se inició una etapa de oscurantismo cultural debido a la acción represiva y policial contra los medios impresos. Pero el fuego inmanente de aquellas revistas siguió quemando en el corazón rebelde de muchos escritores.

Carlos Dante Nava, fue un poeta de arraigo popular y gran conocedor de las técnicas literarias. De ascendencia italiana por el lado paterno, su nacimiento se registraría en una ciudad de pescadores (Chorrillos) el 8 de abril de 1898, pero recién cumplido el año, el padre decidió trasladar a su familia a Puno, en donde instalaría luego un hotel. El “gringo” Nava, como cariñosamente lo llamaban sus amigos, aspiró y bebió del cielo azul y del lago milenario. Se consubstanció con el escenario geográfico, de grandiosas cumbres y pampas. En 1920 editaría su primer libro, que llevaba un título de sensualidad baudeleriana: “Báquica febril”, cuyos textos todavía estaban saturados de cierto decadentismo finisecular en boga pero ya asomaba la frescura nativista, de índole social, al referirse con sencillez, por ejemplo, a la frutera o a la lavandera: “Oh lavanderita de ojos de venado,/ oh lavanderita que todo has lavado/ con las manos blancas de tu dulce amor.// Con el agua alegre de tu risa amena,/ i el jabón rosado de tu carne buena,/ lava mi alma sucia…¡sucia de dolor!”

El espíritu de su obra posterior lo sitúa como el cantor de la vida puneña. Basta solo repasar algunos títulos para darse cuenta de ello: “Cantar del karabotas”, “Balsas del titikaka”, “Hilandera de los andes”, “Chola pandillera”, “Canto a Puno”. Este último poema fue premiado con la flor natural “Kantuta de Oro”, en los Juegos Florales realizado el año de 1956. Nava fue un voraz lector. Esta inmersión en la flamante literatura de su tiempo es un tópico central de su generación. Nos referimos a aquella vanguardia gestada alrededor de Orkopata y de “El Boletín Titikaka”. Estaban conectados –a través de libros, revistas y cartas- con escritores de otros países. Y es que el espíritu antiacadémico, antidiscursivo de sus integrantes no restó el profundo conocimiento que tenían sobre la obra artística. Ya por los años veinte Gamaliel Churata, por ejemplo, teorizaba sobre la naturaleza del mundo andino, y proyectaba una estética vital y comprometida con el hombre "cósmico".

De igual forma Alberto Mostajo, autor de “Cosmos” (1920) y “Canción infinita” (1928) señala, en el prólogo que escribe para este último libro, un juicio que tiene afinidad con el pensamiento de Vallejo sobre la discrepancia con esa clase de poesía que no aflora de una apremiante combustión vital: “No es creación poética todo aquello que resulta de expresar emociones forzadas e ideas ajenas a través de formas nuevas. Formas recientes que hablan de ideas ya conocidas carecen de valor e implican un fraude a la suprema dignidad del pensamiento. Tampoco debe confundirse la creación poética con aquella que resulta de aglomerar palabras cursis y retumbantes sin ningún plan ideológico ¡Un espíritu que los ordene! ¡anime! De nada sirve el esplendor de una flamante forma si ella no dice una idea o emoción de vida hecha fuego y espíritu”. De esa emoción está llena la poesía de Dante Nava. Al igual que sus contemporáneos, él fue autodidacta por voluntad propia, por considerar que la naturaleza es la mejor maestra que podía tener. Las enseñanzas del paisaje dejaron huella indeleble en sus creaciones.

“Orgullo Aymara” es un texto clásico de la poesía puneña, construido sobre la forma de un soneto regular alejandrino, que guarda la peculiar ortografía (de la “i” por la “y”) como la usó Manuel González Prada. Es un canto altivo, de afirmación y esperanza. Pictóricamente se resuelve en un fuerte trazo, a manera de aquellos grabados en madera que solían ilustrar las revistas de la época. Allí aparece retratado el poeta, en actitud de titán, confundiéndose con la naturaleza. Esa dualidad y síntesis de hombre-montaña/ lago-cielo principia con un arresto de autoafirmación, referido a la humanidad destellante del aymara y a su recia personalidad:

“Soy un indio fornido de treinta años de acero
forjado sobre el yunque de la meseta andina”

y que culmina con el conocido gesto de orgullo:

“para que todo el mundo sepa lo que vale el aymara”.

Esta unidad esencial, prosopopéyica, del hombre mimetizado con el paisaje se origina de la misma matriz y cosmovisión andina. Para ella todo es vivo, todos hablan: el hombre, la raza, las montañas, el lago, el sol. Todos participan en la conversación. El sentido profético de aquel hombre vitalista, nietzcheano, no debe verse como la supervaloración desmedida, jactanciosa de un artista ególatra. Es más bien la representación pujante del hombre andino que ama intensamente su terruño, su lago, su paisaje. Y ello es su fortaleza, su esperanza y su incontestable actualidad. Se vuelve a la profecía y a los pronósticos. La raza cantará siempre para que otros, los que vienen del futuro, la oigan y canten también; el universo será revelado por el esfuerzo de esa búsqueda ancestral, y así, los nuevos hombres hallarán la clave del misterio eterno.
Desde la perspectiva de este idealismo anunciador, de emprendimiento y audacia, de esperanza en las nuevas generaciones podemos acercarnos no solo al texto analizado sino también a la poesía de los otros vanguardistas puneños. En ellos hay un sentido de búsqueda del lenguaje hecho acción, la conducta tan importante como la propia voz literaria. La voluntad de hacer tan necesaria como la experiencia artística. De allí que en una frase Dante Nava expresaría su concepción de vida: “más vale comprender que crear”. En su caso esta afirmación se sintetiza en su profunda emoción social y humana. Aquí aparece la impronta vitalista de Whitman y del Unanimismo francés. Leyendo las páginas de “Hojas de hierba” Dante Nava, Hijo del pueblo, animado de ideales y justicias, joven que ansiaba el pánico desbordar de la vida, activa y enérgica siente que no está tocando un libro sino un hombre, y por ende a todos los hombres.
Esta vertiente de “autoafirmación” que muestra el poema de Dante Nava –muy común dentro de los escritores del Sur del Perú- tiene antecedentes en la poesía novomundista de José Santos Chocano quien en un conocido soneto estampa los siguientes versos: “Soy el cantor de América, autóctona y salvaje”. Otros poetas, como los arequipeños Alberto Hidalgo y Alberto Guillén tienen textos que se aproximan al de Nava. Más  cercano está el ruralismo de Guillén que el aticismo de Hidalgo:
“Soi un fuerte labriego i más fuerte poeta;/ Mi alma es ática, pura, buena, sentimental./ A veces soi alegre como una pandereta/ i soi a veces triste como un canto rural”.
(Alberto Hidalgo, “Reino interior”, en “Arenga lírica al Emperador de Alemania y otros poemas, 1916).
“Soi de los Puros. Mi sangre es jugo de viñas nuevas. Soi de los jóvenes bárbaros, de los bellos salvajes americanos, que principiamos a vivir. I balbuceo Cantos como los Bardos primitivos. Soi una Flor de Razas. Soi un Vértice. Sobre mis veinte años pesan veinte siglos”.

(Alberto Guillén, en “Prometeo”, 1918).

El 28 de setiembre de 1958 Dante Nava cerraría sus ojos para dormir abrigado en el lecho azul del Titikaka, cuyas aguas refractan las estrellas del firmamento. Su obra lírica fue intensa como su vida. En 1990, gracias a la amorosa dedicación de su sobrina Nina –hija de Alfredo, el hermano tenor con quien realizaría veladas artísticas- pudimos apreciar gran parte de su poesía, agrupada bajo el título “Dante Nava: el Poeta del Lago”. Para gloria de Puno y del Perú “Orgullo aymara”, el soneto inmortal, quedará grabado en la memoria de sus fervorosos lectores, y ninguna mala consciencia u ojeriza crítica podrá desalojarlo del lugar que le corresponde.


sábado, 7 de noviembre de 2015

BENDITA ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES


El 2002, a los 19 años, Antonio Morales Jara publicó su primer florilegio titulado “20 poemas de otoño”, textos de corte idílico. Lo conocí por aquella época, coincidimos en varios lugares del Callao. El poeta empezaba a manifestar los primeros síntomas de rebeldía y cuestionamientos existenciales. La juventud es impaciente y suele ser infatigable compañera de las musas. Después de esta experiencia inicial comenzaría su ininterrumpido periplo narrativo, publicando hasta la actualidad nueve libros, entre relatos y novelas. Han transcurrido ya 13 años. El escritor inmerso en el fascinante mundo de la ficción retoma la poesía, indudablemente, más dueño de sus recursos expresivos, que en esa primera entrega.
                                        
Bendita eres entre todas las mujeres” (Editorial San Marcos, 2015) contiene poemas que han estado en periodo de maceración; el autor les ha dado el pulimento necesario antes de entregarlos a la imprenta, buen indicador de un responsable trabajo con la palabra. Hace suyo el arte poética de Javier Heraud cuando confirma que no se escribe poesía sin haber sido humano,/ si no se es alfarero no se puede ser poeta”. El rótulo -extraído de la primera parte del Ave María- confronta, veladamente, la  oración canónica del catolicismo con la aguzada provocación o incitación a la sugerencia del desnudo renacentista que aparece en la portada.
                                                                              
¿Por qué esta vuelta a los territorios de lo lírico? ¿Qué ha sucedido en el alma del poeta, anexado prácticamente al género narrativo? Frente a la urdimbre de historias noveladas la poesía es un remanso que vindica al autor como ser humano posesionado en un espacio y en un tiempo determinado. Es un escritor amazónico, nació en San Martín, aunque radica actualmente en Lima. La selva como tema literario se acentúa más en sus libros de prosa. Es cierto, pero los paisajes paradisíacos que evoca en su poemario, acaso, ¿no nos remiten a esa rica cosmogonía? Algo más aún: Antonio Morales, envuelto siempre en la creación de numerosos personajes cada vez más independientes de sus hilos siente, esta vez, la necesidad de reconocerse, de ser él también parte de la trama e identificarse con su propio personaje. Y la poesía es lo que más nos acerca a nosotros mismos, ella refleja obsesiones y querencias más hondas, ese yo individual se guarece entre las imágenes. Es así que el renovado poeta colorea el paisaje de múltiples sensaciones y le animan exaltados sentimientos por la amada esposa a quien dedica el libro. Bulle la pasión, la sensualidad en las imágenes y un romanticismo ingénito que nunca romó sus aristas.



Hay en el poemario dos concepciones disímiles  que se enlazan para dar fuerza a lo poetizado: la imagen moderna, metafórica y simbólica, por un lado, y la imagen clásica, descriptiva y literaria, por otro. Con la primera el autor recoge la fuerza, el desafío y la novedad de la expresión, con la segunda reivindica los paradigmas de la belleza, la armonía y el equilibrio de la forma. Esto lo podemos apreciar, por ejemplo, en el tema del erotismo, convertido en el principal impulsador o percusor de las emociones del poeta, que si bien alcanzan éxtasis, delirio, reivindican ese ámbito de seducción o sugestión por lo literario. Si hay una erótica, estará acompañada de una estética que empapa con su rica fronda de imágenes a la pasión exultante. Para corroborarlo leamos un fragmento:
            
Acuarela en orfandad de orgasmos
y galaxia desquiciada rasgando espaldas,
no cesa de cantar tu gemido de noviembre
los febreros de ríos, pájaros y bosques.
En siluetas de rumor las grutas
entonan su amor en lira de vellos.
entonan su amor en vendimia de vientres

(…)

Descubrimos nuestros nidos de pájaros
que el invierno resistieron,
hacemos el amor entre agua revueltas y dormidas,
cariño pastel, jacinto aroma, leche estrella;
una noche se prolonga más allá del tiempo
hasta que caiga polen en estigma
y gotas blandas de nuevo en la piel.”

                              (“Hacemos” pág. 66)


El poema no se desbarranca por entero en los límites de un lenguaje carnal o de lo voluptuoso sino que despunta con expresiones muy literarias que guardan proporción y armonía con una poética que se realiza en ese espacio o templo de la naturaleza donde apacienta la mujer deseada.  Es, en definitiva, la sublimación del amor, de la celebración de su fuego, en consonancia con la naturaleza. Ella es también paisaje –mujer -poema donde principian el día y la noche, el canto primigenio de la vida. Los 71 textos en verso y 8 en prosa evocan espacios iniciáticos, de allí la nostalgia del poeta quien proclama en la pág. 116: “tengo el corazón invadido por la nostalgia de saberme ausente, lejano y distante en poco tiempo, corazón incierto sacudido por la tenue brisa del mar”.  ¿Qué evoca el poeta en este canto lastimero? ¿Nostalgia de qué? Sin duda, él recuerda –por anamnesis o reminiscencia- el jardín primero, el paraíso original, de acuerdo a un ensayo medular de Octavio Paz. Por esta ruta, el libro ingresa al plano de lo ético y cuestiona algunos aspectos de la visión judeo cristiana que nos remite al pecado y a la expiación de las culpas. En este sentido la poética que percibimos de su lectura se inscribe entre el pecado y la inocencia, entre lo lascivo y lo sublime, entre lo profano y lo sagrado, entre la pasión y la espiritualidad. Es en este campo de fuerzas que se oponen y se atraen recíprocamente, que el libro de Antonio Morales Jara alcanza a mostrar sus principales virtudes.